Algún día II ( J. Mala Muerte)

Carajo Raúl. Así que escribo esto con las mismas manos que hace un momento dibujaban círculos en mi coño saboreando su recuerdo, empapando mis bragas en un bucle de culpabilidad y desenfreno. No te lo tires, nena, me prometí. Me temblaron las piernas al salir del metro. Está cojonudo de guapo, el viejo, pero llegados a este punto yo solo podía pensar en meterme un par de rayas para acabar con eso de “no te lo tires, nena” y todo mientras me miraba y yo fingía no darme cuenta, haciéndome la gilipollas, “Raúl, ¿me pinto los labios, voy guapa así?, ¿te gusta más el rojo o el morado?” No recuerdo, no tengo ni la más puta idea de POR QUÉ, pero me besó y yo, le besé a él y se me inundó la entrepierna de derrotar tantos puñeteros años de espera, como quien llega a la línea de meta y luego no sabe qué carajo hacer. Otras tantas veces el Raúl se daba la vuelta entre las mil escaleras, para besarme y, volvía hacia delante, yo le miraba el culo al bajar porque el cabrón esta que te cagas de bueno, y lo sabe. Pillamos spiz y le dije eh, vamos a dar una vuelta. Nos sentamos en el portal, en un impulso de envenenamiento cerebral me quité las medias, las bragas, la falda me la dejé puesta, eché un rápido vistazo a las ventanas pero qué le jodan al mundo cuando puedo bajar la mirada y verte besándome el coño como si fuera tu puta diosa, como si nada fuera de nosotros realmente importara. Joder, Raúl, de haber sabido que la tenías tan grande, te habría suplicado que me dejases follarte mucho antes. Esa maravilla que se endurecía alegre en mi boca, y yo le decía al Raúl, ¿lo estoy haciendo bien?, “lo estás haciendo de puta madre, joder”, y sonreía, porque en la vida pensé que el sabor de mi sangre en su polla pudiera darme tanto placer. Empujaba esa bestia dentro de mi con la desesperación de los condenados a muerte, de los viejos verdes, él pensaba “nos van a oír” o “nos van a ver” y yo le decía fóllame más fuerte y cállate. Ahora hablando con él le digo Raúl, solo me salen cochinadas cuando hablo de ti. Fue un polvo tan sucio, decadente, cerdo, como me gustan a mi. Después de dejar mi sangre y su semen en una esquina del maldito portal el viejuno, el Raúl, se volvió a Madrid y, creo que es mejor así.

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