Asco y desinformación ( de Rodrigo Ratero )

Asco y desinformaciónLas épocas de confusión siempre generan la necesidad de encontrar una guía, la gente no sabe en que creer, ni hacía donde ir. Perdemos nuestros trabajos, nuestros amigos nuestra familia. Es una sensación de impotencia que muchas veces se ve transformada de una forma extraña en rabia, en furia, un odio sistemático que la mayoría de las veces es contra los demás o contra uno mismo… a veces ambas cosas.

Ese día me levanté peor que nunca y no era por la resaca, me desperté con un odio dentro de mí que no sabía como sacarlo con un “Alguien tiene que pagar”. Mi novia estaba durmiendo aún, pensé en aplastarle la cabeza con la mesilla llena de mierdas que tenía junto a la cama, pero no lo hice, no quería que pareciese uno de esos casos de violencia de genero con los que se relame los periodistas de sucesos. Fui a la nevera, había una botella de vino blanco, creo que de hace dos navidades, la abrí y me la bebí. Después me bebí un par de cervezas que quedaban , cogí un enorme cuchillo de cocina y me fui a la calle. En el portal me encontré a un vecino que siempre se quejaba de que hacíamos ruido, era el elegido, me acerqué a él, el se giró un instante y debió notar algo en mis ojos porque desapareció rápidamente por el pasillo y se metió en su casa. Al bajar noté mi corazón a toda hostia, necesitaba hablar con alguien quizá… ¿Con quién? Ya no tenía amigos, desde hace dos años que trabajaba… ni si quiera era un amigo… simplemente era alguien con el que me entendía. Un día sacando escombros en la obra, mi amigo y yo habíamos bebido unas cervezas, no había baño y había que bajar al bar de abajo, era última hora, ya se había ido el fontanero y el chispas estaba en la otra parte de la obra, mi amigo decidió mear en el escombro por no bajar, se bajo la cremallera y de repente se quedó tieso unos segundos empezó a echar humo y salió despedido por los aires hasta chocar contra la pared como en una de esas películas de acción americana. Me acerqué a él tenía las uñas negras olía a pelo chamuscado especialmente el de su bragueta y una membrana azul cubría sus retinas, traté de tocarlo pero un calambrazo recorrió mi cuerpo, además estaba ardiendo. Borracho y confuso más tarde me enteré que habíamos echado escombro sobre varios cables que dejo el electricista sin acabar de asegurar, le llamaron al móvil la electricidad y la meada de mi amigo hizo lo demás… La vida era retorcida y cabrona. Echo de menos a ese imbécil y no teniendo con quien hablar decidí seguir con mi plan… Mi barrio estaba lleno de gente, como podía ponerme a matar a nadie en el centro de Madrid, era raro y absurdo y más con un simple cuchillo de cocina que apenas cortaba. Compré un litro de cerveza y me senté a beberlo decepcionado… Casi mejor… pensaba. Entonces delante mío vi la luz, un policía nacional había parado a unos negros para pedirles la documentación. Estaba a tan sólo un par de metros del banco donde apuraba ya el contenido de mi litro. Mientras el negro maldecía al madero, en su puto idioma, fui por detrás y le sustraje de la funda la pistola, el policía se giró rápidamente y me gritó:

-¿ Qué hace? ¡ Devuélvamela!

Fueron sus últimas palabras, apunté y disparé contra su cabeza salpicando de sangre la cara a los dos negros que acto seguido fulminé de sendos tiros en la cabeza y en el pecho. Después corrí. La gente gritaba y gritaba. Yo iba con el arma entre las dos manos y a la persona que vi más cerca le disparé. Era una paki de un restaurante aledaño a la plaza de Lavapiés. Disparé de nuevo alcanzando a un chino que llevaba un carro lleno de latas de cerveza para la venta ambulante. Por un momento pensé en dispararme a mi mismo y acabar, estaba en medio de la plaza de Lavapiés. La gente corría de un lado a otro. Montones de coches de la nacional empezaban a llegar, pero la gente pensaría que era un loco racista, debía matar alguien blanco antes de que la policía me redujese. La gente corría y corría, y un pitido inundaba mis oídos. Apuntaba como un loco, de repente escuché un:

-¡ Tire el arma!

Busqué una víctima más… sólo una, una de mi país… miré hacía arriba y vi a una anciana curioseando medio escondida en un balcón de la plaza, disparé contra ella pero no la alcancé, casi, el tiro dio contra el soporte de su balcón dónde tenía los geranios, uno se estrello contra la luna de un coche de la nacional y el otro dejó  K.O. a un negro que corría plaza abajo, al caer al suelo cientos de CDs piratas se esparcieron y un charco de sangre cubrió algunos de Amaral, Bisbal y El canto de el loco. Tras ver como la sangre inundaba a nuestra música más vendida apunte contra mi cuello y apreté el gatillo… No quedaban balas pegué un gran grito de rabia y tiré el arma al suelo, cuando varios agentes se aproximaron a reducirme, uno disparó sobre mi hombro y caí al suelo, saqué el cuchillo y me corte el cuello, entonces sentí una nube de golpes y todo se oscureció.

Desperté en el hospital, efectivamente el cuchillo no cortaba una mierda, les dije a los maderos que intentaban interrogarme, omití que lo había comprado en los chinos y exageré mis problemas en la garganta, estaba cansado de hablar. El doctor les dijo que era mejor que me dejasen descansar. En la televisión ya hablaban de un crimen racista, que estaba frustrado por que acusaba a los extranjeros de haberme echo perder el trabajo… era absurdo. Manifestaciones antiracistas tomaban las calles. Días después mi abogado me decía que me había convertido en una especie de héroe para los fascistas y la clase obrera cansada, triste y altamente desinformada, yo estaba enfermo de odio, confundido, ahora no podía si quiera suicidarme con toda esta vigilancia. Ahora se que me equivoqué, debí ir a Telecinco a desahogarme, pero probablemente inventarían que estaba furioso porque dejaron de emitir en su parrilla reposiciones de los Serrano. Ojala fuese esto como el final de los Serrano…si…. y todo fuese un sueño del personaje… No , mejor no… mejor la cárcel.

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