Cena familiar ( de Ester Fayos)

El portal de casa huele a fruta podrida y a mierda de perro. Como siempre.

Me he pasado la jodida mañana buscando algo de ropa limpia, pero es casi imposible, así que he optado por lavarme la cabeza en la fuente del parque, ponerme lo más aceptable que encontrase por casa, y por supuesto, que cubriese las cicatrices pintadas en mis brazos.

La ansiedad se va apoderando de mi a medida que pasan los minutos, que me parecen horas, hasta que al fin llegaron mis padres a recogerme en el coche. De nuevo, como siempre, fui escaneada de arriba a abajo, y con un par de olfateadas por parte de mi madre, para confirmar la decepción.

El motivo de toda esta absurda parafernalia es una cena ”familiar”.

La verdad es que hace años que no comprendo el significado de esa palabra, y de todo lo que implica. Me produce repulsión. Una presión incómoda en el pecho. ANSIEDAD.

Voy pensando en todo esto mientras en el coche, mientras mis padres van charlando de temas cotidianos. Una conversación vacía, como todas.

Cuando llegamos a casa de mis abuelos, ya está todo el mundo allí, y al igual que todos los años, llegamos tarde por mi culpa, así que recibo un par de miradas de condescendencia de alguno de los presentes como saludo, seguidas por una falsa sonrisa y un frío y leve beso en la mejilla.

Un belén casi del tamaño del salón luce perfectamente colocado, mientras todo el mundo se saluda y se pregunta acerca de los estudios, del trabajo, del dinero, y por supuesto sale a relucir la figura de Franco, mientras todo el mundo agradece a Dios nuestro señor el ser una familia tan unida y en la que todos son tan felices.

Creo que ese dios del que hablan se le olvidó iluminarme con su luz.

Craso error.

A medida que voy escuchando las conversaciones huecas, viendo las falsas sonrisas, y observando la representación de todo cuanto odio, me voy emborrachando discretamente y trato de evitar cualquier conversación. Aprovecho el mínimo descuido para zamparme algún tranki que otro. Me ponen enferma. El dolor parece ajeno a ellos.

Nadie me hace preguntas.

Nadie me conoce en realidad.

Pero debo estar alli porque es ”Mi familia”.

Me recuerdo a mi misma comiendo pan duro y carne pasada durante días, mientras los veo pegarse el atracón del año. Vaya mierda de cristianos, pienso, desde luego no se privan de nada y luego van dando el peñazo con el pecado, putos hipócritas.

Sigo bebiendo y bebiendo hasta que empiezo a notar los trankis nublarme la mente, así que casi por inercia voy con la cerveza en la mano al baño.

Una ira incontrolable y reprimida durante años empieza a brotar como la sangre que fluye por mis venas, y siento la necesidad de arrancarla de mí.

Ahora vais a conocerme.

Destrozo con las manos las mangas de la camisa, y mientras miro las cicatrices pasadas, deslizo la hojilla con rabia sobre la piel y siento como se abre la carne, una, otra, y otra vez. Cierro el pestillo y grito mientras dejo salir todos los demonios que me han estado atormentando durante años, la ira, la incomprensión y la soledad.

Llaman a la puerta desesperados intentando convencerme para que abra la puerta y no monte el numerito, mientras de nuevo con la hojilla rajo los pantalones y de paso las piernas, mientras sigo gritando y cagándome en su Dios.

Las súplicas para que abra no cesan, mientras la sangre se esparce por todas partes dejando un brillo rojo intenso en los azulejos y en el suelo del antes impoluto baño de casa de mis abuelos.

Es mi mejor obra hasta ahora, sin duda. Ojalá hubiera podido hacerle una foto. Hay belleza en ver como la vida que odio escapa de mí.

Pero este éxtasis no puede durar siempre.

Me desharé de todo y de todos los que me han hecho odiar un mundo que antes amaba, los que me han convertido en un monstruo.

Por fin abro el pestillo, y con los ojos entreabiertos por culpa del alcohol y las pastillas, observo como todos me miran boquiabiertos mientras mi abuela se cae de espaldas con un ruido sordo. La ocasión perfecta. Todos al instante ayudan a socorrerla mientras aprovecho el descuido para ir a la cocina y coger el cuchillo con el que estaban cortando un jamón que podría haberme pagado dos meses de alquiler de un piso, en vez de estar viviendo el la calle, y me dirijo de nuevo al salón, donde todos se arremolinan preocupados alrededor de mi abuela, alguno de ellos abanicándola con un periódico. Ante la estupefacta mirada y el silencio de todos los presentes, rompo lo que queda de mi camisa, y quedándome en sujetador levanto el cuchillo y dibujo sobre mi piel con violencia una gran cruz invertida, desde el pecho hasta el ombligo.

Jamás comprenderán el motivo de todo esto, jamás preguntarán por qué.

Jamás fueron mi familia.

Mi padre y mis tíos reaccionan e intentan quitarme el cuchillo de las manos, pero al ver que les ataco retroceden al instante, mientras yo cojo del ahora salpicado de sangre belén que reproduce al dedillo la escena que se está desarrollando en la casa, el río de papel de plata, y tras frotarlo en lo que queda de mis pantalones para quitar los restos de sangre, vuelvo al baño súbitamente para cerrar de nuevo el pestillo, mientras escucho como mi madre llama a la policía con voz temblorosa.

Vierto medio gramo de caballo del bueno en el río del belén, y tras la mayor actuación de valor que he hecho en mi vida, fumo y fumo sin parar. Mientras, mi padre y mis tíos intentan derribar las puertas, y todas las mujeres lloran y preguntan qué está sucediendo.

Cena familiar

Llega la policía, por fín podré tener mi descanso.

El cuchillo jamonero está bien afilado y resplandece con la intensidad de una explosión, como si fuera consciente ya de su cometido. Acerco el filo el cuello y me miro un segundo al espejo como despedida, toda cubierta de sangre y heridas y completamente ciega de alcohol y drogas. En realidad no hay nadie más a quien tenga que decir adiós.

Mientras la policía intenta hablar conmigo, rápidamente presiono con toda la fuerza que me queda el acero sobre la carne, hasta que caigo al suelo y empiezo a perder la consciencia y a ahogarme en mi propia sangre.

La policía abre la puerta.

Se cierran mis ojos.

Se acabó.

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