Ciudad drama ( desheredados ) ( de José María Bermudez Silva, ” Chirri” )

  Abrí las puertas de la noche al salir del portal de la que ahora, era mi nueva casa y encaminé mis pasos sin un rumbo fijo, confiando que en esos perdidos pasos pudiera volver a encontrar mi norte, cosa por otra parte, bastante difícil. Alcé la mirada hacia un cielo en el que parecía presidir la bandera de la noche, con una inmensa luna llena en su centro acompañada de una pléyade de inquisitivas estrellas alrededor, que daban la sensación de ondear de manera solemne bajo los acordes de un himno de requiem. Encendí mi último cigarrillo y subí la solapa de mi viejo abrigo al descubrir el filo de la navaja de escarcha que la gélida noche esgrimía amenazante en mi cuello. Sin apenas darme cuenta fui mezclándome con los transeúntes en su trasiego de “va y viene”, adentrándome poco a poco en el corazón de la ciudad y entregándome a la laberíntica curiosidad de sus calles. Mientras, las agujas del reloj se deslizaban por la esfera hasta llegar a la frontera de la medianoche, momento en el cual, las calles empezaron a salpicarse de personajes variopintos, extraños, bohemios, soñadores, embaucadores, malvados, canallas, seductores, peligrosos, grotescos…todos ellos deambulando por los rincones impíos de la que a esas horas, era una ciudad sin alma. Yo era el único habitante de mi solitario mundo. Caminaba medio hipnotizado y sedado por el reflejo de las luces de los escaparates y el murmullo de mis desesperados pensamientos cuando me ví atrapado por la mirada de un grupo de prostitutas, que a pesar de su juventud parecían sentirse más viejas que su propia profesión.
  _ ¿Te alegro el final del día, guapo?- Me dijo una de ellas con la picaresca en su lengua y la letanía en sus labios.
  _Creo que ahora mismo no podrías- Le respondí esbozando media sonrisa, mientras pensaba que la vida las había empujado hasta allí sin que hubieran podido encontrar a su soñado príncipe azul, ni a su caballero negro rescatándolas de las garras del dragón y tampoco a su Richar Gere subiéndolas a su porsche. La vida no era precisamente un cuento, y ahora irónicamente eran princesas de cuentos de hadas venidas a menos. Sometidas y doblegadas por la lastimera sombra quijotesca de unos proxenetas que miraban expectantes y vigilantes y reflejaban su triste figura en algún lugar de la mancha oscura de sus patéticas almas. Otros desheredados, llegados por otros derroteros, pero también venidos a menos. Seguí mi periplo nocturno dejando a mis pies dueños del itinerario, cuando escudriñé bajo la mortecina y tenue luz de una farola medio desvencijada a alguien que me hizo una sutil seña, era un camello “de poca monta” que vendía pecados de bolsillo a 60 euros el gramo. Empujado a ello por las miserias y necesidades de la vida, representando el último eslabón de la cadena del narcotráfico. Paradójicamente, los grandes narcotraficantes eran los que cargaban la lana, concretamente el dinero, consiguiendo yates, mansiones y un papel en las películas, mientras que él y la gente como él, a vistas de la sociedad criaban la fama, la mala fama concretamente, con visitas a prisión si las cosas se torcían; que solía ser a menudo. Por descontado, otros desheredados venidos a menos., Después de contestarle al pequeño camello diciéndole que no quería nada, que iba servido, me ví atrapado por el resplandor de los carteles luminosos de los bares. Que producían el efecto de “cantos de sirena” en los borrachos, en los solitarios, en la gente de sueños gastados, esperanzas quemadas y corazones rotos. Que acudían hacia ellos como marineros enajenados en un mar de asfalto. Estrellándose precipitadamente en sus costas y quedando varados en la barra o en los rincones oscuros de cualquier antro. Era una procesión de desheredados venidos a menos. El aire nocturno se empezó a mezclar con los ladridos de perros callejeros y el bullicio de gente, mientras en la puerta de una discoteca el ángel de la muerte se encarnaba en el filo de una navaja o en una bala perdida; batalla por un ajuste de cuentas. Desheredados contra desheredados, que viniéndose a más, eran venidos a menos. Salí de allí rápidamente, no fuera que al final me tocará en rifa una bala perdida. Dos calles más tarde, aprovechando la complicidad de la noche, observé a unos cuantos “cacos” como intentaban que su cartilla de parado no influyera en sus bolsillos. Más y más desheredados. La noche estaba a punto de dar paso al día, decidí volver a la que ahora era mi nueva casa, saludé a mi también nuevo vecino, un sin techo venido a menos hace varios años. Pero ya no pude entrar en mi nueva casa, ya que el banco estaba a punto de abrir y no querían que ningún sin techo viviera en el portal de su cajero automático. Sí, yo soy otro desheredado más, venido a menos, concretamente desde ayer, toda mi vida se vino abajo y no sé si podré con la situación. Ahora por el día soy un transeúnte sospechoso, para luego convertirme en un naufrago en una isla, llamada noche. Soy un nuevo habitante en la “ciudad drama”.

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