Distorsión cognitiva ( de Rodrigo Ratero )

Distorsión CognitivaEntonces fue cuando el jodido psiquiatra de la seguridad social, después de tres visitas que apenas llegaron a los ocho minutos, sin titubear, me diagnóstico: Distorsión cognitiva, paranoia y todo ello aderezado con una profunda depresión. Me recetó varios ansiolíticos, así como antidepresivos y alguna benzodiacepina. Una forma de vivir tranquilo y drogado… era cojonudo, apenas hablé con él pero ya tenía mi cóctel de drogas preparado. Es sabido por todos que la cruel industria farmacéutica daba dinero y viajes a los doctores que recetaran su psicofármacos. Simplemente porque es una droga que engancha. Nadie necesita aspirinas ni sobres con sabor a limón y fracaso después de un jodido resfriado… Ellos no ven un problema la pandemia del siglo XXI, la depresión, si no un negocio. A mí no me importaba, nunca fui de solucionar causas, este mundo está perdido, habría que deshacerse para volverse hacer… pero yo no podía esperar tanto, ni luchar por ello, simplemente me sentía bien no procreando.

Fui a comprar toda esa mierda, sin olvidar el omeoprazol, para no potar tras la amalgama de la ingesta de toda esa droga. Salí entusiasta de cañas, hablaba sobre cine de los setenta con los viejos del bar, todos conocían a Sergio Leone y eso me bastaba. Yo me iba y era una buena conversación. Después borracho pasé por el súper y pille ginebra, no sé porque siempre la he odiado y más sola. Tragué las pastillas mientras pinchaba a Lou Reed, lo sé, suena penoso, encima era su disco “Berlín”, esto sé que, hasta a usted querido lector, le quita las ganas de vivir. Engullí todas las pastillas entre arcadas y toses y restos acuosos que caían de las comisuras de mis labios. Fui hasta mi habitación, me corté levemente y escribí en mi pared “Si es grande vuestra alegría y no os diré yo que no, más grande fue la mía el bendito día que os dije adiós”. La caligrafía era de prescolar con problemas, pero se entendía, y que cojones… qué más da. Me tumbé en mi jergón que apestaba a alcohol rancio y semen reseco, después se hizo la oscuridad….

Mucho más tarde abrí los ojos por la alarma, de mi viejo y obsoleto móvil, que sonaba anunciando que su batería llegaba a su fin. Más de veintitrés llamadas perdidas llenaban su pantalla, más llamadas perdidas que en los últimos cuatro meses, todas del trabajo, ninguna de familiares ni amigos. No morí pero casi. Como una bella, bueno patética durmiente descansé de domingo a miércoles y no conseguí un príncipe que me despertase, sino que perdí un trabajo.

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