Don de indigentes ( de Rodrigo Ratero )

Cuando llevas años viviendo en la calle, de la caridad de los demás, de las sobras de los demás, llega un momento en que te desconectas del mundo, que estás en una burbuja, que estás definitivamente fuera. Eres como una hiena. Esto a la larga te insensibiliza. Eso es algo horrible, es como el que va a una guerra, cuando ve su primer cadáver o a su mejor amigo explotando al lado suyo, esto le marca, le persigue, aparece en sus sueños, pero después de unos meses viendo cadáveres vas pisando un montón de niños muertos para llegar al otro lado de la trinchera y pedirle un cigarro a tu sargento. Era una cálida noche de verano y estaba con otros sin techo, concretamente con un hombre llamado Jesús y una habitual la borracha Asun, habíamos ido hasta el cementerio de la Almudena, un sitio bastante tranquilo para emborracharte y que nadie te moleste. Habíamos tomado Rophinol y vino clarete de cartón, nuestro mundo se tambaleaba. En un solar junto al cementerio hicimos una candela con unos cuantos palés y cartones. Estábamos riéndonos y pasándolo en grande, de repente la Asun fue a mear a un montículo cercano. Jesús la señaló con la cabeza, yo no lograba entender lo que quería decir. Hizo el gesto con los brazos de como si estuviese remando, entonces lo entendí todo. La calle es dura, fría pasas hambre, fatigas, enfermedades y el sexo, por supuesto desaparece de tu vida. Estaba borracho, ciego, estaba insensibilizado. Fuimos hasta donde la Asun la tiramos al suelo y le arrancamos la ropa, era vieja y gorda pero no nos importaba, a pesar de la oscuridad se veía toda la mierda que cubría la piel de Asun a la luz de la hoguera la agarramos contra el suelo y la violamos y la golpeamos una y otra vez, al principio ella gritaba, después se quedó sin fuerza. Después de un rato, bastante largo nos corrimos, nos costó estábamos bastante ciegos, después nos acercamos a la hoguera y seguimos con el vino. La Asun se quedó tirada en silencio, sin moverse. Un rato después pregunté

-¿No estará muerta?
-Claro que no… -dijo serenamente
Tras decir estás palabras Jesús se levantó cogió una enorme piedra se acercó hasta la Asún y se la lanzó en la cabeza. Su cabeza estalló como una sandía madura que cae de un camión.
-¿Qué haces? –pregunté sorprendido
-De momento voy a echar otro polvo –me dijo desabrochándose los pantalones
Jesús violó el cadáver de la Asun mientras que yo miraba la hoguera y bebía vino. Al cabo de un rato se me acercó y se sentó exhausto junto a la hoguera, puso un trozo de carne en un palo y lo calentó
-¿Quieres? –pregunto
Estaba hambriento cogí el cacho de carne y le hinqué el diente, cualquier cosa menos hablar de lo de Asún
-Está bueno… -dije cambiando de tema
-Es Asun –contestó
Ni siquiera me dio una arcada, tenía mucha hambre y estaba bueno de verdad, era parecido al tocino pero más suave, mientras masticábamos Jesús me sonreía mostrándome su fea e incompleta dentadura. Después me acerqué al cadáver de Asun y corte otro trozo, después de comérmelo, me entró sueño
-¿Qué vamos hacer con ella? –pregunté
-Después cortaremos un poco más de carne y el resto lo enterraremos…
-¿Habías hecho esto alguna vez? –le pregunté
-Claro… todo el mundo lo hace…
Tras estas palabras nos tumbamos un rato. Pero pensar en todo esto no me dejaba dormir. De repente lo tuve claro, me levanté cogí el cuchillo con el que le cortaba la carne a la obesa de Asun y le corté el cuello a Jesús, estaba demasiado cansado para cavar dos agujeros, así que arrojé los dos cuerpos a la hoguera, estaba empezando a amanecer, los dejé allí y me dirigí al centro a pedir algo de calderilla.

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