El congelador ( de Rodrigo Ratero)

  Aquel congelador le recordaba a el que usaban en el bar de su pueblo para guardar los helados. En los calurosos agostos de los 80, tras recibir la paga de sus abuelos, padres o tíos corría ansioso al bar del pueblo a por su helado, Mikolápiz, Patapalo… aunque su favorito era el Drácula…Había conseguido por ebay uno muy similar, era antiguo pero funcionaba perfectamente, como el de el bar de su pueblo. Su tamaño era perfecto, metía primero un trozo de carne, luego otro, sus helados y verduras congeladas… Era reconfortante, después de todo cuando metía la carne significaba que había terminado todo el trabajo, cortarla, limpiarla y después envasarla y congelarla. El congelador le encantaba, para el era como el final, la guinda de un costoso proceso que empezaba con seleccionar y cazar a la presa. La presa no era seleccionada a priori, no vayan ustedes a creer, sabía perfectamente por programas como “crímenes imperfectos” que mientras más al azar fuera y más tuviese que ver con un sector marginal, más fácil sería salir impune y llenar su congelador de provisiones. Solía cazar prostitutas al principio, pero la idea de que pudiesen estar infectadas de algo, tras una vomitona que sufrió una noche le hizo cambiar de objetivo. Después se decanto por niños, rumanos y gitanos de suburbios olvidados, pero estos la mayoría de las veces tenían poca carne y no merecía la pena el riesgo ni el trabajo. Al final, la presa que más le merecía la pena eran solteronas, feas gordas y abandonadas. Las conocía por redes sociales, flirteaba un poco con ellas,eran mujeres tan tristes y rematadamente solas que apenas le costaba. A todas les mandaba los mismos sosos, melosos y predecibles poemas sacados de un chat de poesía que conseguía haciéndose pasar por mujer. Para el eran como para sus familiares del pueblo los cerdos: se aprovechaba todo. Una vez las llevaba a casa las drogaba, o golpeaba si le habían dado muchos problemas en el chat, no las violaba, esas mujeres le daban asco. El por el día era pintor y utilizaba el mismo tipo de plásticos para cubrir las casas que pintaba que para cubrir su baño antes de despedazarlas. Primero las degollaba y después les sacaba el corazón, como si de una matanza se tratase, estaba convencido que así la carne sabría mejor. Con un cuchillo bien afilado la cortaba en seis partes: las cuatro extremidades, tronco y cabeza. Las piernas y los brazos los lavaba y los introducía lo primero en su querido congelador, había pensado ya en salar las piernas para hacer una especie de jamón, pero dejarla secando en el piso le pareció arriesgado. Después le vaciaba las tripas del tronco y lo congelaba también. Lo único que no comía era la cabeza aunque las utilizaba para proporcionarse satisfactorias felaciones, eso si, solo las utilizaba hasta que se pudría. 

 

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