El dentista come dientes (de Jéssica Pancorbo)

dentista

¿Quién no ha guardado cada diente, cada maldito diente que le han sacado como una especie de trofeo por ese momento sanguinario y hasta poético según un dentista?

He creado durante décadas dentaduras perfectas y artificiales. Y como cualquier ser humano los guarde allí, siendo consciente de la ironía, por esa especie de cobijo que desde pequeño dibujaba en colores grotescos en mi mente, un payaso sonriendo, esa dentadura perfecta mostrando sus curvaturas como en un engranaje diseñado para no funcionar jamás. Pero también he de mencionar que mi mujer me instaba a hacerlo cada vez que arqueaba sus labios, me ponía enfermo.

“¿Por qué no me haces sonreír Edward?” siempre eran sus palabras las que me volvían loco.

Yo era dentista, no sabía sonreír y mucho menos lo pretendía. Mi oficio ocupaba la parte más desagradable de ese desagradable gesto. Pasaba el día introduciendo aparatos en las bocas ajenas, con un fin clínico o incluso médico, sin pensar, sin sentir más que sus palabras atascadas por todos los dientes que tenían, eso sin hablar de los que no tenían. Sin sentir más que su saliva pegajosa y hedienta, sin sentir más que todo aquello cada día en día a día. Empezaba a tener ardor en las consultas, un calor que me incendiaba igual que una bebida alcohólica. Me volvía insaciable y maniático, eufórico cada vez que alguien mostraba sus dientes delante de mí.

Fingir una enfermedad buco dental era muy sencillo, la gente necesita soluciones y el dentista necesita dinero, también he de anotar que estaba teniendo un problema, puesto que empecé a coleccionar dientes como perlas, pero esto no tiene importancia. Solía decir “Vaya, tiene usted una caries en el premolar izquierdo. Puede que…” para tantear el terreno. Para ver si el paciente estaba dispuesto a tener realmente esa caries. ..Tras eso, por invención que fuera, la putrefacción comenzaba a roer su dentadura como un lobo hambriento, pero esto tan sólo sucedía en su imaginación. “Vaya, tiene usted una mancha sospechosa en el diente. Tendré que tenerle algunos exámenes mas, le pasaré los gastos. Pásese el martes, a ver qué tal está. No olvide cepillarse los dientes después de…”. Así sucedía cuando venía la segunda vez, algo asustado ante la pérdida de la muela. “Esto no tiene buena pinta…” la tercera. “Creo que va a ser mejor que le extraigamos ese diente antes de que empiece a infectar a los demás. ¿Se lo cambio por uno de plata, o uno de oro? ¿Cuál le viene mejor? ¿Le doy presupuesto? ¡Debe hacer lo mejor por su salud bucodental!, ¡es usted muy joven! . Claro que, si está usted en un mal momento económico, siempre tenemos los dientes de plomo…”. Era el maravilloso poder de la convicción convenciendo a la ignorancia.

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