El hombre invisible (Persiguiendo quimeras parte II) ( de Aetka)

El hombre invisibleEl hombre, en su afán por la conquista de lo imposible, siempre persiguió quimeras: piedras filosofales que convierten el plomo en oro a pesar de que en un determinado momento mande el plomo, y cuando sientas la caricia del cañón de un treinta y ocho en tu nuca, maldecirás el momento del oro; elixires de la eterna juventud que te inmunizan al paso del tiempo, a pesar de que en un determinado momento la vida se torne tan infame y miserable como para intentar permanecer en ella el menor tiempo posible; la capacidad del vuelo, volar arriba, muy arriba hasta tocar el sol. Pero ya sabes Ícaro, cuanto más subas, más dura ser la caída; y cuando tus alas de cera se tornen al vacío, abajo solo te esperará eso, el vacío. Ni a los tuyos tendrás para recoger las migajas del hombre en el que te has convertido. Yo, aun siendo un pobre mortal, acaricié cada quimera y la convertí en realidad. Pero los hados no perdonan, los dioses tiran los dados y no permiten que la jugada ganadora se repita indefectiblemente en el tiempo. A falta de infierno es aquí, sobre terrenal ruido, donde se pagan las deudas. Yo tenía demasiadas cuentas pendientes con el destino y pagué de la forma más brutal. Fui condenado con el don de la invisibilidad. Sí, llegue a ser un hombre invisible y cuando los otros posaban sus ojos en mi rostro, lo atravesaban como si de vacío fuese mi carne.

- “Poco te quejabas cuando te pagaba los cruceros y los modelitos. Poco tardaste en guardarte los 3200 doscientos euros, zorra de mierda”.- escupí con ira.

- “Pero qué miserable, ahora me echas en cara los putos 3200 euros. ¿Quién puso el aval de la hipoteca? Si no llegan a estar ahí mis padres… Además, cuánto te había quitado la ruleta antes, puto ludópata de mierda.- ella aguantó el envite y bramó furiosa.

- “Tus padres, como no. El fascista de tu padre y la urraca con aires de grandeza de tu madre. Claro, la niña es de buena familia. Un San Román, es un San Román. Qué de cosas aprendiste en los colegios de pago, ¿verdad? A lo mejor fueron las monjas las que te enseñaron a ser tan puta”.- mi ira contenida se trasformó en sarcasmo y disparé a matar.

- “Hijo de la gran puta, a mis padres ni los mientes, puto muerto de hambre”.- gritó mientras se abalanzó hacia mí con la clara intención de arañarme la cara.

- “Eso es lo que quieres, ¿no? Que toque tu preciosa cara de porcelana y buscarme la ruina”.- fui lo suficientemente rápido como para asirla de las muñecas, a pesar de la carencia de mi dedo meñique de la mano derecha, y evitar que sus letales uñas alcanzasen su objetivo. Sería una autentica lástima que se rompiese alguna más, aun cuando era yo el que había pagado durante muchos años los 120 euros que costaba la manicura. La sostuve con fuerza, la miré a los ojos y la escupí en la cara. Mejor eso que un puñetazo, duele igual y deja menos marca. Ella rompió a llorar y se derrumbó. Ella era Cristina, la madre de mis dos hijos.

Aún el proceso de la invisibilidad no se había completado. Para ser sincero, a la única que resultaba invisible por aquel entonces era a Cristina, y cuando me veía, los encuentros eran tan virulentos y escupíamos tanto odio que procurábamos mantenernos alejados el uno del otro. Nunca habíamos llegado tan lejos como aquel día. Y es que solo hay una cosa que cuesta sacar más de una casa que la miseria y es… el odio. Dicen que del amor al odio hay un solo paso, pero eso no es cierto. Es un proceso que exige una serie de gradaciones, más bien de degradaciones, como ocurre con el proceso de la invisibilidad. Es poco a poco y requiere una serie de pautas. Primero se ama. Nos casamos enamorados hace 18 años. Sé que sus padres nunca me vieron con buenos ojos. Era mal partido para su maravillosa hija. Y es que los San Román eran mucho San Román. Tenían pasta, mucha pasta. Su abuelo había hecho una fortuna a la sombra del Antiguo Régimen. Yo era un don nadie, pero cuando hice fortuna con el Nuevo Régimen, parece que empezaron a mirarme con otros ojos. Vaya, al final no casaron tan mal a la niña. Al principio nos amamos con la pasión y el deseo de lo que nunca tiene fin y de lo que puede acabarse mañana. Y si por deseo fuese, Cristina nunca se saciaba. Si en el colegio de la Ursulinas o como coño se llamasen las monjas, alguna asignatura fuese follar, esta a bien seguro sacaba matrícula. Los mejores polvos de mi vida los había echado con mi mujer, y puedo asegurar que durante mi matrimonio innumerables coños fueron socorridos por mi apetito voraz. Pero por muy voraz que yo fuese, ella no tenía freno. Nunca conocí a hembra que le gustara más joder. Después del amor y la pasión, cosa que dura no más de los primeros cuatro años como prominentes estudios científicos de prestigiosas universidades avalan, la relación pasó a un status quo de cariño y de polvos cada vez más esporádicos, pero no por ello menos salvajes. Nuestros hijos ya habían nacido y comenzamos a distanciarnos. Las cosas iban bien, mi carrera en la caja era meteórica y por fin pude tratar de tú a tú a los San Román. Con los años el cariño fue dando paso a otro status quo, que mientras no se rompiera, las cosas podían dilatarse en el tiempo sin mayores contrariedades: el respeto. Cuando el respeto se pierde, ya no queda nada. El siguiente paso es el odio, y una vez que el odio entra en casa, más complicado es haberlo de sacar que la miseria. Hacía varios años que no compartíamos el lecho conyugal. Evidentemente yo lo que no tenía en casa lo buscaba fuera y ella…para ella bien seguro que la opción del celibato no entraba en sus planes. Con lo que le gustaba joder y con lo buena que estaba, la abstinencia no era una opción. Aquella tarde que le escupí en la cara fue nuestra última trifulca cara a cara. A partir de ahí, nuestras trifulcas serían más civilizadas y más caras. Llamó a su amiga, una abogada matrimonialista de renombre y adalid del feminismo. Estaba jodido. Pero bueno, a esas alturas poco me podía quitar ya. Pensándolo bien, el proceso de invisibilidad se había hecho latente no solo con Cristina, ese extraño efecto ya se había producido con mis compañeros de oficina. Y yo no es que no me diera cuenta, sino que me negaba a aceptarlo. ¿Qué cuando ocurrió eso? Cuando el poder de mi piedra filosofal dejó de surtir efecto. Me dieron la clave, el profundo secreto que no ya el plomo, sino los activos tóxicos, convertían en oro. El poder de la alquimia auspiciado por el Banco de España.

- “Que no joder, el dinero está entrando a espuertas. Pasa de esa gente. Sabes que vendemos mierda y con ellos vas a tener problemas”.- la cara de Juan mostraba preocupación.

- “Pero vamos a ver ¿estos quiénes son? ¿De la mafia calabresa, de la camorra napolitana o qué? Ya sé que vendemos mierda, pero si tienen pasta los recibiremos con las manos abiertas”.- le dije yo sin captar el motivo de su preocupación.

- “Que te digo que vas a tener problemas. Esa gente puede ser muy jodida”.- me lo dijo mirándome a los ojos. Detecté que la coca surtía su efecto y el negro de sus pupilas empezaba a comerle terreno al resto del ojo.

- “Mira, yo lo único que sé es que tienen…cuántas… ¿cuatro zapaterías? Y lo más importante, 180.000 euros calentitos para que nosotros podamos lanzar enanos”.- le dije mientras convertía medio gramo en dos rayas. Una para él y otra para mí.

- “Bueno, yo te aviso, tú haz lo que te salga del rabo. Tienen 5 zapaterías. Ese es su negocio legal. Es de los padres, que son los que vendrán mañana. El problema son los hijos. Mira, la mierda que te estás metiendo se la traen ellos a tu camello. Y esta gente por las malas son muy chungos. Son mercheros”.- Joder, se estaba poniendo un poco brasas, sería por la farlopa. A ver si metiéndose el tiro que le había hecho me dejaba en paz.

- “Mercheros ¿y eso qué coño es? Son de la Udef…jajaja…”- no pude menos de reírme, y como él titubeaba, el primer homenaje me lo di yo.

- “¿No viste hace poco un reportaje en la Sexta de unos tipos chungos en Salamanca que movían toda la droga?”- por fin se metió la raya. Estábamos en el servicio de la sucursal y no era plan de pasar toda la mañana allí.

- “No te preocupes, Juan, se las hemos vendido a todo dios y no ha habido ningún problema. Además, ¿sabes que te digo? Si tienen algún problema, que hablen con Blesa”.- le di unas palmaditas en la espalda y al fin salimos. Necesitaba una copa…un Cardhu mañanero que me sentaba de la ostia, y lanzar enanos. Cómo disfrutaba cuando los veía salir por la puerta convencidos de que eran clientes preferentes. De eso se trataba, exactamente de eso…de las preferentes.

Habíamos descubierto el secreto de la trasmutación universal. Nuestra piedra filosofal hacía posible que aquellos activos se trasformaran en oro. A la mañana siguiente, cuando llegaron dos ancianos semianalfabetos, con cara curtida y andar firme, recordé las palabras de Juan, pero no dude un ápice en endosarles 180.000 euros de nuestro producto estrella: las preferentes. Teníamos ordenes de arriba, de los tarjetas “black”, que parecían un pozo sin fondo. Que firmen, vosotros debéis preocuparos de que firmen, nos decían. ¿Mercheros? Voy a tener que pegarle un toque a Juan. Creo que se está pasando con la coca, y como director de la sucursal, he de mantener cierta cordura en el equipo de trabajo. Sobre todo ahora que las cosas iban viento en popa. En esta época mi matrimonio aún no había hecho aguas, y Cristina y yo aun follábamos. Normal, era la buena época. La época de los Cartier, del BMW a la puerta, del Cristian Dior para ella y del Armani para mí. La época de los cruceros. Cómo disfrutamos con los críos cuando nos fuimos a recorrer el Caribe: Santo Domingo, la Martinica, Barbados, Jamaica…Joder, fue el día que gané los 3200 euros en la ruleta del casino del barco y se los di todos a ella. Ya ves, 3200 euros de mierda, eso era la factura mensual de nuestros elixires de la eterna juventud entre Cristina y yo: hormona del crecimiento, ciclo de anabolizantes, coach personal, masajes y gimnasio. En esa época, no era invisible. Todo lo contrario, se me veía de más. Me encantaba dejarme ver por los casinos (en la noche del tahúr no hay nada comparable como un pleno en la ruleta, ni siquiera los brutales orgasmos que tenía con Cristina); por hoteles de cinco estrellas donde mantenía mis periódicos encuentros con escorts de 300 pavos la hora, y las horas se alargaban hasta la madrugada; por convenciones del Partido Popular, donde mi suegro tenía mucha mano y llegado el momento preguntar por…¿qué hay de lo mío?; vaya que se me veía, y lo más importante, estaba muy bien visto. Mi físico era imponente, nunca el hombre tuvo a su disposición tantas y tan variadas formas de acercarse al manantial de la eterna juventud; eso sí, a golpe de talonario. Y si de quimeras hablamos y de cómo aprendí a volar, la respuesta estaba en una bolsita de plástico en mi bolsillo. El vuelo de Ícaro. Consumía cantidades indecentes de cocaína: en la sucursal con Juan y algún otro, porque enanos evidentemente no podíamos lanzar en una sucursal de Caja Madrid, pero la coca no faltaba; en las habitaciones de cinco estrellas con las escorts; en las partidas de póker que duraban día y medio; en el chalet de 300.000 euros que a regañadientes avaló mi adorable suegro con su no menos adorable hija. Si supiese el viejo crápula lo que disfrutaba su “Cristinita” con la coca, con la coca y con el sexo…y con las dos cosas a la vez. Se volvía loca cuando espolvoreaba un poquito de aquellos polvos por su coñito de niña rica. Por cierto, después de esnifar tenía una costumbre que me exasperaba. Untaba la última raya con su dedo índice y se lo pasaba por los dientes. ¿En qué película lo habría visto, la muy imbécil? Para compensar, cuando me la estaba follando yo, hacía lo propio sobre sus tetas. Dos enormes rayas que rodeaban sus pezones y después de esnifar no me cansaba de sentir el sabor amargo en mi lengua, mientras los mordisqueaba y chupaba. No me cansaba de chupar aquellas tetas. Normal, a 4000 pavos la unidad, como para no hartarme; por cierto, también las pagué yo, y seguro que será algún jovencito el que se las esté comiendo ahora. Y pasó lo inevitable, cuando estaba arriba acariciando el sol, cuando era inmune al deleznable trajín del resto de los mortales con sus miserables vidas, los dioses, antes tan proclives a mi dicha y a mi fortuna, se ensañaron de forma brutal conmigo hasta convertirme en un hombre invisible. Los hados no perdonan y el chiringuito estalló.

Entramos en estado de shock cuando nos comunicaron que la entidad iba a ser rescatada. Cundió el pánico, para unos más que para otros. Todos sabíamos que aquello era una gran estafa urdida en los despachos de los consejeros, pero nadie daba crédito: de 3000 millones de euros de ganancias a un agujero de 20.000. El dinero se había volatilizado. Pero ya Caja Madrid era “too big, too fail”, la habían convertido en un monstruo que ahora no podían dejar caer: Bankia. ¿Al fin y al cabo, quién iba a pagar los platos rotos? Los de siempre, el sufrido contribuyente. Porque claro, habían vivido por encima de sus posibilidades. Si cayó Lehmans Brothers…en fin. Aparecieron los problemas y toda la mierda que había sido concienzudamente ocultada bajo la alfombra roja de intrincados parámetros financieros salió a flote. Pero mis problemas no vinieron de arriba, ni de los indignados preferentistas que asediaban la sucursal con pancartas y bocinas. Mis problemas llegaron aquella tarde dentro de una Mercedes Vito con los cristales tintados que me esperaba a la salida de la oficina.

Llegó la hora del plomo una vez que las virtudes de nuestra piedra filosofal se habían agotado. Todo paso muy rápido. Fue cosa de segundos, abrirse la puerta de la furgoneta negra y verme en su interior por la fuerza. Entonces la vi frente a mí, mirándome con un solo ojo oscuro. Pocas cosas pueden ser tan convincentes en esta vida como un treinta y ocho apuntándote directamente a los ojos, y más si el que lo sostiene tiene la ávida intención de utilizarlo si no son cumplidas sus prerrogativas. ¿Que cuáles eran sus prerrogativas? Sencillo, la disposición de 180.000 euros en el plazo de una semana. Sencillo para el que los tuviese, y no era mi caso. Eran los mercheros. Arrancaron la furgoneta y me llevaron a una nave llena de
coches de lujo. Allí me pusieron en antecedentes de cómo estaba la situación. En el plazo de una semana querían la pasta y emplearon una argumentación que no dejaba lugar a dudas. Bueno, la argumentación podría desglosarse en dos puntos principalmente: dos fotos de mis hijos y la amputación del dedo menique de la mano derecha. Aquellos putos salvajes me rebanaron el dedo con un hacha. Ya lo habrían hecho más veces, porque tenían lo necesario para cortar, cauterizar y evitar la infección. Me acordé de Juan y de sus palabras. Fue lo poco que pude pensar en esos momentos. En las palabras de Juan y en mis hijos. Cuando me dejaron cerca de un hospital para que me curasen, me di cuenta que el dedo era el menor de mi problemas. Ir a la policía lo deseché de inmediato, ante lo convincente de su argumentación.

Mi mayor problema era de dónde iba a sacar el dinero en una semana. En esos momentos estaba prácticamente en bancarrota. No todo el dinero que gané lo dilapidé en mi fastuosa vida. Además del derroche y del exceso, se me ocurrió la brillante idea de acudir a la OPV de Bankia. Sí, a esa que con bombo y platillo nos metieron hasta en la sopa. Esa en la que aparecía Rato tocando la campanilla en el parquet. Caí en mi propio embuste, y de los doscientos mil que tenía en acciones de Bankia al precio de mercado actual, quedarían reducidos a apenas 20.000. Joder, me faltaban 160.000 y no tenía ni idea de dónde sacarlos. Pensé en recurrir a mi suegro, pero además de sufrir una contundente humillación, seguramente al viejo no se le ocurriría otra idea que no fuese la de recurrir a los cuerpos de seguridad, y no podía jugármela. Pensé en pedírselos a alguien del banco, pero en ese momento todos estaban más menos como yo. Con Cristina la cosa estaba empezando a enquistarse, por lo que ni siquiera se lo mencionaría. Así, llegue a la conclusión de que solo había un sitio de donde podría conseguir el dinero. El mismo sitio que se había beneficiado de todo este asunto: Bankia.

Preparar un desfalco en mi sucursal era relativamente sencillo, pero debía darme prisa antes de que los interventores exteriores metieran sus narices en nuestras cuentas. Lo llaman contabilidad creativa, y de eso entendía, aunque al parecer no lo suficiente. Realicé una serie de operaciones opacas, modifiqué ciertos asientos contables y “voilá”: 160.000. No resultó demasiado complicado. Malvendí mis acciones y cuando trascurrió el plazo convenido apareció la Mercedes Vito con los cristales tintados. Ni siquiera lo contaron. Tan seguros estaban de mi miedo y de su superioridad, que se limitaron a bajar la ventanilla, y frente a la puerta de la sucursal les entregué el dinero: los 180.000 euros. Respiré aliviado, al fin y al cabo solo había perdido un dedo, o eso creía, porque los hados se enseñaron con tal virulencia que habrían de compensar mis excesos con igual tragedia, e inicié mi descenso hacia el abismo.

Cuando Cristina se enteró de que había vendido las acciones a ese ridículo precio montó en cólera y fue la gota que colmo el vaso. Aquella noche dormí en un hotel y mi matrimonio quedó zanjado. No se creyó lo de los mercheros ni por asomo, es más, estaba convencida de que había sido por culpa de deudas de juego. Pero, joder, no ves que me falta el puto dedo meñique de la mano derecha. Nada, ni por esas. Para ella era la evidencia de que le debía dinero a alguien por el juego, a alguien con quien no debería haber jugado.

Mi matrimonio al carajo y arruinado. Me fui a casa de Juan, que tenía una habitación libre, aunque no podría quedarme durante mucho tiempo. Pensé que una vez que todo se pusiera en orden en el banco en unos años me recuperaría. Siempre queda volver a empezar. Me equivoqué. Aún no había pagado todas mis deudas con el destino, o por lo menos eso pensaba el que tuviera algún poder sobre él. Cuando entraron los interventores a auditar las cuentas de mi sucursal, a parte de los desmanes propios de una oficina de ese tipo, detectaron la ausencia de 160.000 euros. Detectaron la ausencia y pusieron cara y nombre al artífice de la maniobra. Mi cara y mi nombre. Era el momento más inoportuno, porque había empezado la caza de brujas. Necesitaban cabezas de turco y yo se la serví en bandeja de plata. Los focos mediáticos estaban sobre el estamento financiero y los de arriba evidentemente aprovecharon mi faenita para caer con contundencia sobre mí. Me despidieron ipso facto y sin ningún tipo de indemnización. Ejemplo de trasparencia, hijos de puta, ellos, que habían robado y estafado cantidades ingentes a pensionistas analfabetos, no tuvieron un ápice de compasión hacia mí. Además se tomarían las medidas legales que se considerasen pertinentes. La sombra de la cárcel apareció.

Ahora sí que estaba jodido. El proceso de invisibilidad comenzó en esa época y era irreversible. Cristina, después de que se enterarse de la venta de las acciones, utilizó toda la artillería a su alcance para despellejarme vivo bajo el criterio profesional de su amiga abogada adalid del feminismo. Se quedó con los niños, el chalet y el BMW. Los pocos amigos que me quedaban los perdí por los sablazos que les pegué para pagar las minutas de los abogados, los cuales utilicé para evitar la cárcel y para evitar los estragos de mi divorcio. Me convertí en un apestado, un estigmatizado; sin familia, sin amigos, sin dinero, con antecedentes penales, con la autoestima por los suelos y con una considerable adicción a la cocaína. Aquellos con los que había compartido póker y cocaína miraban hacia otro lado como si el solo contacto con mi mirada pudiese contagiarlos de mi mala fortuna. Bien seguro que los San Román renegarían de su antaño apreciado yerno en sus fiestas de sociedad. Me convertí en el innombrable. Y solo quedaba un lugar para mí. Un lugar inhóspito y salvaje. Un lugar donde el frío es más frío, y la soledad más certera. Bienvenido al reino de los sin nombre: la calle.

Me vi abocado a la mendicidad y tuve que cambiar de ciudad. No soportaba que mis hijos me pudiesen ver así. De hecho, seguramente serían los únicos que me vieran, porque para los demás no existía. Para los demás era un hombre invisible. Cuando me sentaba en una esquina con un cartel pidiendo, la marabunta de gente pasaba a mi lado sin apenas percatarse. Cuando entraba en un restaurante a pedir comida, los camareros ni me miraban y solo me indicaban la puerta. Cuando registraba los contenedores del Mercadona, la gente miraba hacia otro lado. Nadie ama a los mendigos. Quizás sea porque es la evidencia de una derrota, o porque temen el contagio, o porque si estas así es porque te lo mereces o, simplemente, porque el ser humano no se caracteriza por una excesiva humanidad o, que carajo, porque este mundo es una mierda. Era un hombre invisible. Tan invisible que alguna vez incluso se atrevieron a follar encima de mí como si yo no fuese nada. Eso pasó en los arrabales.

Después de estar más de un año en la calle ya había aprendido algo del lenguaje de las calles, de sus peligros y de las formas de sustento, por lo que decidí mudarme a un callejón en los arrabales. El sitio era sucio y apestaba a orines, pero me aportaba dos factores de un valor inestimable en la calle: seguridad y comida. La seguridad se había vuelto un tanto complicada desde que apareció un mendigo muerto en un cajero. Lo habían quemado vivo, y en las calles se corrió el rumor de que una banda de skins descerebrados salía a patrullar de noche. Y cundió el pánico. Por eso necesitaba una zona donde hubiese gente por las noches, sobre todo de madrugada. ¿Y quién trabaja hasta de noche y tiene sus propios mecanismos de seguridad, léase proxenetas? Las putas. Me mudé a una zona que estaba en los arrabales donde se ejercía la prostitución. Con tanta puta suelta no creo que a nadie se le ocurriese venir a quemarme a mi acogedor callejón. El tema de la comida lo solucionaba de dos formas principalmente: el contenedor de la parte trasera de un Mercadona que se encontraba en el mismo callejón y lo que conseguía de las putas. Me dedicaba a hacerle pequeños recados, como irle a comprar bebidas energéticas, bocadillos en algún chino, condones al 24 horas y cocaína. Es lo único que no había cambiado en mi nueva etapa; el consumo de cocaína. Las putas siempre me dejaban alguna micra para cuando iba a pillarles. Pero, claro, esnifar una micra poco juego da, así que me enganché al crack. Siempre iba a la misma casa y las putas consumían lo suficiente como para que con sus migajas yo mantuviese mi vicio. Por otro lado, si no tuve inconveniente en estafar a viejecitos, por qué habría de tener algún conflicto moral por robar a unas putas. Eran los únicos que conseguían burlar mi don: las putas y los camellos. Para los demás era invisible. Para todos no, hubo alguien que me vio, bueno, más bien el problema es que yo lo vi a él y eso fue mi fin.

Aquella noche estaba intranquilo. Para paliar el escaso botín obtenido con las putas recorrí la zona de botellón y me agencié toda clase de whiskys, vodkas y ginebras sobrantes de la bacanal adolescente. Así, borracho, podría conciliar el sueño. Me dirigí a mi callejón, me acomodé y me dormí de inmediato en mis aposentos de cartón. Llevaba noches durmiendo mal. Me despertaba entre sudores y siempre con el mismo obsesivo sueño. Era el borracho al que golpean con saña unos chicos vestidos con una especie de pijama blanco y bombín negro. Me golpeaban con bastones y yo despertaba entre sudores y asfixiado. Aquella noche el sueño regresó, con esa extraña fuerza, con la que regresan los malos sueños convertidos en pesadillas. Esta vez además de proferirme golpes con el bastón hasta la extenuación, los chicos de la naranja mecánica idearon un divertido juego. A la fuerza abrían mi boca y me introducían los restos de mil botellas de los alcoholes más diversos sobrantes de mil botellones, y cuando estaba a punto de ahogarme, dejaban que aspirara una bocanada de aire para asfixiarme acto seguido con un cojín con el logotipo de Bankia. Repetían la acción una y otra vez. Cuando me sentía fallecer por asfixia, desperté sobresaltado. Bañado por un sudor frío y con una letal falta de oxígeno. Algo no funciona bien. Estoy despierto, pero cuando intento incorporarme, hay algo que lo impide. Siento mi aliento chocar contra los cartones que están sobre mí. Hay un peso muerto que me aplasta. Empiezo a forcejear y consigo sacar mi mano por debajo de los cartones. Consigo amarrar algo. Es un tobillo. Y por fin puedo incorporarme. Ante mí aparece una escena cuando menos sorprendente, bueno, no tanto si consideramos el lugar donde se encuentra el callejón.

“Hijos de puta, ¿no tenéis otro sitio donde ir a follar, asquerosos?”- grité furioso. Eran una pareja que habían sucumbido al encanto de mis aposentos de cartón y lo estaban utilizando como su picadero particular. Y claro, por ser el lugar que era, la fémina de la pareja no podía ser otra que una puta, y el galán, su cliente. Me incorporé, y cuando lo hice, un latigazo de dolor recorrió mis sienes. Esas mierdas de whiskys y ginebras del Mercadona no eran precisamente elixires de la eterna juventud. Todavía la tenía viva. De soslayo pude intuir el cuerpo desnudo de la puta, mientras su cliente me empujaba hacia el exterior del callejón “Vete de aquí, montón de mierda, o te arranco la cabeza” me dijo con la suficiente firmeza como para que yo lo creyese. Más que sus palabras fueron sus ojos de mirada suicida y homicida los que me convencieron. Esos ojos me vieron y me atravesaron. Y yo también los vi. La promesa de que nada bueno podría pasar si le intentaba hacer frente. Yo era una sombra de lo que fui. En mis buenos tiempos bien habría podido con él. Mis buenos tiempos; era como si mis recuerdos fuesen la vida de otro. Y aquellos ojos vieron mi miedo. Aquellos ojos de mirada suicida y homicida. Me fui tambaleándome a un cajero automático que estaba cerca a dormirla, y a esperar que no regresaran los chicos del bombín negro de mis pesadillas.
Al día siguiente, la noticia corrió como la pólvora incendiando los arrabales. Había aparecido muerta una chica rumana. La habían estrangulado en la trasera del Mercadona, en un callejón encima de unos cartones. Estaba desnuda, aunque no había indicios de que la hubiesen forzado, y parece ser que el que lo hizo tuvo el decoro suficiente de cubrir su cuerpo con los cartones. Era una chica recién llegada; demasiado bonita para ser puta y demasiado joven para la jungla de la calle. Era una chica como tantas otras que huyen de su miseria local para adherirse a otra miseria de más alto rango, más global que no tuvo otro modo de acabar más que asesinada sobre mis cartones. Joder, mis cartones. Ahora la policía me estaría buscando. Y si hay una cosa que te enseña la calle, es que tratar con policías siempre te acarrea problemas. Tendría que cambiar de zona y alejarme de mi contenedor preferido y de mis putas, por lo menos hasta que las cosas se calmaran. Coartada tenía, aunque dudaba de su grado de validez. Las cámaras del cajero me habían grabado, pero estaba en la calle, era un mendigo y tenía antecedentes; además, no sabía cuando la habían matado. Mal asunto. Recordé aquella mirada ahora más homicida si cabe, y me mudé a un cajero al otro lado de la ciudad. El cajero era de Bankia.

Pasé una semana jodida. Ya no tenía a mano a las putas y estaba de mono. Necesitaba cocaína. Había conseguido una caja de Tranquimazín de 0.5. Se los había robado a un viejo que durmió en la litera de arriba las noches que pasé en el albergue. Era un sitio peligroso, o por lo menos esa sensación tenía yo. Pero cuando el hambre aprieta y ves como en los contenedores ya hay cola antes del cierre de los supermercados, una sopa nauseabunda en el albergue puede ser néctar y ambrosía. En el albergue aguanté tres días, y en cuanto me hice con las pastillas, me fui. Con el tranki y dos cartones de vino soportaba las noches, y volví a mi cajero de Bankia. No sabía si me estaban buscando o no, pero por si acaso, no volví a los arrabales. Necesitaba tiempo. Al fin y al cabo era una puta rumana, en un par de semanas ya nadie se preocuparía por ella. El sueño con los chicos del bombín se repetía inexorablemente todas las noches y ahora, además, aquella mirada homicida me acechaba por entre las rendijas de mis sueños.

- “Muy bien, venga, acabad conmigo, hijos de puta, no quiero seguir viviendo; no en este cochino mundo”.- grité desafiante a los chicos del bombín con mi voz cazallera. Eran cuatro y me tenían rodeado mientras yo estaba en el suelo borracho.

- “Vaya, y qué es lo que tiene de cochino”.- dijo entre dientes el que parecía ser el jefe. Tenía esa mirada homicida.

- “Es un cochino mundo porque ya no hay ley ni orden, es un cochino mundo porque gente como vosotros se meten con gente como yo. Nadie ama a los mendigos, a qué clase de mundo hemos llegado, los hombre conquistan la luna, dan vueltas alrededor de la tierra y aquí abajo nadie se preocupa de nadie. Aquí abajo viven hombre invisibles”.- y comencé a cantar el Asturias patria querida. Estaba debajo de un puente de la autovía del extrarradio y los vi llegar. Vi sus figuras recortarse al trasluz. Con sus bombines y sus bastones y sus ridículos pijamas blancos. No debía correr por sus venas sangre asturiana, porque nada más empezar a cantar empezó a caer sobre mí una lluvia de golpes, patadas y bastonazos. Siguieron con su macabro juego hasta que se aburrieron y pasaron a intentar asfixiarme con el juego del alcohol y el cojín de Bankia. Cuando ya me faltaba el aire, cuando ya me sentía desvanecer y sentía la necesidad imperiosa de oxígeno en mi organismo; desperté en mi cajero.

Desperté en mi cajero, pero algo no marchaba bien. Estaba despierto y seguía faltándome el aire. Notaba esa fuerza alrededor de mi cuello que no me permitía respirar. Intenté separar las manos que rodeaban mi cuello, pero ya no tenía fuerzas. Y frente a mí estaba esa mirada homicida que había visto en el callejón.

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