El nuevo héroe del barrio (de Manuel Sirvent)

  Unos pantalones rosas, una chupa negra de naylon y un puñado de euros era todo lo que necesitaba para echar la noche en esa ciudad. Quería conseguir coca y le pregunté a un muchacho, con aspecto de poligonero, que estaba haciendo botellón. Me dijo que lo acompañara. Daba por hecho que le iba a invitar. Me comentó que iba para torero, pero, como no tenía padrino, se había tenido que ir a trabajar a Sevilla de peón en la construcción, y había vuelto al pueblo para ver a la familia. Cuanto mas nos acercabamos a su barrio, mas gente le paraba y le felicitaba por haber conseguido salir de allí y prosperar. Entramos en un edificio medio en ruinas. La puerta de uno de los pisos estaba blindada. El camello saludó al muchacho y volvió a felicitarlo por su logro. Pillamos coca y un poco de caballo para él. Me dijo de ir a casa de su hermano, que era un tío de puta madre. Cuando llegamos vi a un hombre con barbas, y en gallumbos, tumbado en un sofá. No parecía la ostia. Me senté a su lado y le pregunté que a qué se dedicaba. Me dijo que a dar palos, que de vez en cuando le hacían algún encargo. El también me lo preguntó a mi. Le dije que trabajaba en una tienda. Me llamó pijo y me dijo que era un enchufado, que tenía mano. Saqué la coca y me hice unas filas. Ellos cogieron papel de plata y se liaron con el jaco. Una mujer en bragas entro en el salón. Me quedé mirandola. Ellos miraban la gota. Atravesó la habitación sin prestarnos atención, y al rato volvió a cruzarla. Cuando se acabó la coca nos fuimos. Y cuando nos despedimos, ya en la puerta de su casa, saco el caballo y se puso de cluquillas al lado de una pared. Y ahí lo dejé, al nuevo héroe del barrio.

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