El poeta del crimen ( de José María Bermudez “Chirri)

   Todo ocurrió de una manera extraña. Me levanté de la cama con el cuerpo cubierto por los restos del naufragio de un mal sueño, que aún resistía a desvanecerse entre gotas de sudor. Un día más mi vida seguía maldecida por una resaca de mil demonios, aún así, logre arrastrarme desde la habitación hasta el salón, medio obnubilado y tosiendo a pleno pulmón, son gajes del oficio cuando se tiene el pecho destrozado por el tabaco y el amor. Huelga a decir, que llevaba un tiempo en que todas las noches me tomaba la vida cual si fuera una bebida para aplacar mi ansiedad. Quizás agobiado, asqueado y cansado de que me salpicara la suciedad de esta sociedad llena de hipocresía y soberbia, de crueldad he injusticia, de envidia taimada, de dolor y angustia; palabras todas ellas entre las que existía una simbiosis implacable que no hacía más que encender mi rabia y apagar mi estrella.

   Me acerqué al botellero del mueble-bar, y aunque tenía resaca hasta en el alma, me serví un whisky y encendí un cigarrillo. Sobre la mesa, al lado de un trozo de porción de pizza de la última cena austera, había un bolígrafo y folio donde estaba escrito un poema de cinco versos, fruto de mi última inspiración y un periódico del día anterior que empecé a ojear. Dos tragos y tres páginas más tarde algo llamo mi atención, la noticia decía:

   “Cinco años después de que ocurrieran los hechos ingresa en prisión con una sentencia de tres años, dos meses y un día por el robo de un jamón, El individuo en cuestión, casado y con una hija, tenía en la actualidad un trabajo estable, estás circunstancias no impidieron que al juez le temblara la mano al dictar sentencia”.

   En un acto reflejo cogí el Boli y señalé con un círculo la noticia. Tras indagar un poco en el asunto me enteré que esa noche se celebraba una fiesta en un hotel a la que acudiría gente de altos cargos, diplomáticos, jueces, y entre ellos el juez de la caprichosa sentencia. Después de darme una ducha que suavizó la resaca me puse mi mejor traje, el impulso y inspiración seguían dentro de mí.

   A las once de la noche y después de pasar una pequeña odisea, ya estaba dentro del hotel. Entre las caras sonrientes, ambiente de lujo, y olor a corrupción por fin localicé mi objetivo que se dirigía a la zona de los baños. Como si de una película se tratase, me hice pasar por un empleado del hotel, con bandeja de jamón en mano fui tras él. Antes de que entrara en el baño y con un golpe duro y preciso lo arrastré hasta una especie de pequeño almacén, le puse unas esposas y una mordaza. ¡Joder, de verdad parecía estar en una puta película! Volví rápidamente a por la bandeja de jamón que dejé en el pasillo y me acerqué hasta él.

   -Tras una vida de lujo has tenido la mala pata de topar con este pata negra –le dije con la bandeja a la altura de sus ojos.

   Acto seguido le quité la mordaza y empecé a meterle todas las lonchitas de jamón en la boca, tapándole al mismo tiempo la nariz.

   -Disfruta del sabor de tu soberbia, escuche el golpe de mazo de tu maldita sentencia.

   Expiró su último aliento, saqué del bolsillo un rotulador rojo, le arranqué la camisa y escribí sobre su pecho el poema que ese día leí sobre la mesa del salón de mi casa:

EN ESTE POEMA DE SANGRE
NO HABÍA PIEDAD EN EL ÚLTIMO VERSO
TRAS EL TEMIBLE SUSURRO
EL POETA DEL CRIMEN,
DA SU FRÍO BESO.

   Una hora más tarde estaba en mi casa viendo la tele, con un whiskey y un cigarrillo entre mis dedos. De repente otro impulso, esta vez al mirar la televisión, en la pantalla una timadora del tarot. Apunté su nombre al lado del poema, que aún seguía en la mesa del salón.

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