El silencio ( de Rodrigo Ratero )

  Y perdí la objetividad. Ya no sabía si me miraba porque la miraba yo o la miraba porque ella me miraba a mí. Hacía mucho tiempo que no tenía ningún tipo de relación con una mujer, ni siquiera de amistad, ella coincidía conmigo todas las mañanas en el metro y nos mirábamos. Nada más. Mi anterior relación hacía un par de años que me abandonó, le dije que nunca conocería a nadie como yo pero que con cualquiera estaría mejor. Ahora vivía en un piso compartido con un matrimonio rumano, no teníamos relación, ellos no me hablaban y huelga a decir que yo a ellos tampoco, vivía prácticamente en mi habitación. Conseguí un trabajo en el tanatorio de la M-30 moviendo y amortajando los cadáveres y todas las mañanas al ir al trabajo la veía en el metro. Intentaba mirarla discretamente ella levantaba en ocasiones la cabeza su libro, un horripilante y abultado best- seller de Ken Follet, bueno, nadie es perfecto. Era preciosa y silenciosa, tenía unos enormes ojos verdes, esa mañana al bajar del metro me armé de valor, me acerqué a ella y me presenté, ella no dijo nada me miró con sus enormes ojos y continuó su camino, yo me avergoncé de mí mientras ella se alejaba. Aquel día en el descanso del trabajo no salí, me quedé comiendo mi sándwich junto a un cadáver, a veces me parecían mejor compañía que los vivos. En la radio hablaban sobre un accidente aéreo, me preguntaba quien se encargaría de buscar y embalsamar a toda esa gente, decían que necesitaban examinar la indestructible caja negra para saber que había pasado, yo me preguntaba porque no construían el avión entero con el mismo material que esas dichosas cajas negras. La mañana siguiente volví a coincidir con ella, está vez no la miré, miré al suelo, me aprendí de memoria todas las arrugas de mis viejos zapatos. Al bajar en mi parada una mano se posó en mi hombro, me giré, era ella, me miró con sus enormes ojos y me dio un papel, pensé que era su teléfono, en el papel ponía: “Soy muda”. No supe reaccionar correctamente, pero supongo estaría acostumbrada a reacciones similares, quedé con ella esa misma tarde. Ese día en el trabajo estuve muy nervioso, mientras metía algodones en la boca a el cadáver de una gorda, en la radio oía a un famoso diligente sudamericano decir que en Europa el consumo de pollos transgénicos había hecho que desarrollásemos la calvicie y la homosexualidad ¿Eran los pollos culpables de que fuésemos un atajo de calvos maricones?. Al terminar mi turno me lavé repetidas veces, no quería oler a muerto, era la primera vez que me preocupaba de esto, pero me constaba que ese olor se pega, mi jefe llevaba años trabajando allí y olía a dama de la guadaña. Quedé con ella en una cafetería por el centro, yo intentaba hablar de cosas, pero no se me daba bien, nunca serví para eso, intentar evitar los silencios incómodos era absurdo, que ella tuviese móvil también me parecía absurdo, todo era extraño. Seguimos quedando y finalmente las citas se basaban en tazas de café y miradas, extrañamente eran las mejores citas que jamás había tenido. Ella en ocasiones me escribía cosas en las servilletas, yo guardaba aquellos mensajes como oro en paño. Tardé casi mes y medio en enterarme que en realidad no era muda de nacimiento, si no que no tenía lengua, eso le acomplejaba por eso nunca abría la boca. Una mujer sin lengua, para algunos un sueño, para otros una pesadilla… en fin. En el trabajo mientras manipulaba el cuerpo de un niño con leucemia, barruntaba que podía haberle pasado, un cáncer, un accidente, un incidente invernal con una farola congelada… no me atrevía a preguntárselo. Finalmente me lo escribió un día en una servilleta “Mi padre me cortó la lengua cuando era una niña”. Me quedé como ella…sin habla. Ese mismo día me llevo a su casa, vivía sola en un piso enorme. Me dijo que la había heredado de su padre… ¿Una lengua por una casa? En estos extraños tiempos hay quien firmaría. Vimos un rato la tele y empezamos a besarnos en el sofá, sin lengua, acabamos haciendo el amor, fue muy raro, esa noche no pude dormir. A la mañana siguiente mi cara en el trabajo no era muy diferente a la de los clientes, estaba muy cansado, y estoy seguro que si me hubiese tumbado mi jefe habría acabado embalsamándome. No se porque lo hice, pero después de esa noche no la volví a llamar, lo bueno es que ella no podría llamarme para reprocharme nada. Seguí mi vida como antes de conocerla, empecé a ir en bus al trabajo para no coincidir con ella en el metro, pero al cabo de un par de meses empecé a echarla terriblemente de menos. La llamé pero no lo cogía, decidí ir ese día de nuevo en metro para ver si la veía, al llegar el metro estaba parado, no funcionaba, la estación estaba a rebosar de gente protestando… maldito metro de Madrid. Salí como pude de aquel atolladero y cogí el bus, llegué al trabajo media hora tarde. Me pasé el día pensando en ella, la intenté llamar varías veces. A la salida fui a su casa, llamé pero nadie abría, la vecina de al lado abrió su puerta.
-¿Busca a alguien? –preguntó
-Si, a la chica que vive en este piso
-¿Es usted familiar?
-No, tan sólo un amigo
-Siento ser yo quien te diga esto joven pero…. ¿Ha visto usted las noticias?
-No….
-Monica se cayó está mañana a la vía del metro…
  Un escalofrío recorrió mi espalda, a la mañana siguiente volví a coincidir con ella, esta vez en mi trabajo.

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