Entre estatua de sal y muñeco de trapo. ( de José María Bermúdez “Chirri” )

Entre estatua de sal y muñeco de trapo.

Distante le sonaba el atardecer desde el recóndito rincón de su celda. Le llegaba una vez más como un susurro lejano, el eco de la algarabía primaveral, que durante tanto tiempo él sólo pudo conformarse con imaginar desde sus tristes ojos de otoño.

_ ¡Maldita sea mi pena negra y maldito el agujero negro del universo por donde se perdió mi estrella!_ fueron las palabras que dibujaron sus labios y ejecutó su lengua al contemplar reflejado en una de las paredes, los quince años, seis meses y un día tachados en un calendario que a todas luces, había carecido de domingos y fiestas de guardar.
Se sentía asfixiado, estrangulado, como los rayos del sol que esa tarde vería romper por última vez en las rejas de su exigua ventana, derramando su luz, rota y quebrada, por el suelo que tantas veces había sido testigo mudo de sus pasos perdidos.
Hasta ese día, víspera y antesala de su puesta en libertad, no había visto el momento de mirar atrás y ver cuál fue el camino y el impulso que lo llevó hasta esa situación. Allí dentro, la sensación de continua angustia había sido el pan nuestro de cada día. La rabia, la impotencia y el odio se fueron acumulando en las paredes de sus entrañas, dejándole una mácula de huella indeleble en su alma, que ya le acompañaría hasta el final de sus días. Para él, la melodía de la esperanza se convirtió en un débil murmullo sombrío, que estaba diluido y disipado en el viciado aire de un infierno peculiar; donde la ilusión pareció ir muriendo a cada paso de sus pies y a cada parpadear de sus ojos. En ese instante, un suspiro emergió de las entrañas de sus entrañas, dejando un vaho de desesperanza en el aire. Y desde lo alto de ese suspiro se dejó caer en el catre que hacia las veces de cama. Se sentó, apoyó los codos de la reflexión y el pensamiento en sus piernas y hundió su cabeza entre las rodillas, iba ha hacer retrospectiva de su vida.
En la quietud y la soledad de su celda, el primer pensamiento que cruzó por su mente, fue que quizás, y sólo quizás, había llegado hasta allí por haber llevado una vida de peligros y excesos, de vicios inconfesables, mezclados con el tinte inexorable de la miseria y la desesperación encontrada en su camino. Se acordó de las trampas de la vida, de las zancadillas de la gente, de los tropiezos una y otra vez en la misma piedra, de los empujones recibidos hacia el negro pozo sin fondo, donde metafóricamente tantas uñas se rompió intentando salir. Tal vez fue el ruido de puertas abriéndose y cerrando que se escuchaban por toda la galería o los pasos de los funcionarios que pululaban cerca de su celda, lo que lo llevó a pensar en esos momentos en voz alta:
_ ¡No, yo no he matado a nadie, ni he hecho nada tan malo como para haber pasado por tan largo infierno! _ dijo, como despertando de una pesadilla.
Él sentía que no tenía por qué arrepentirse de nada, pero sabía que la sentencia de esta sociedad en la que vivimos, es; que si has cometido pecado en tu pasado debes tener un presente de penitencia, para acto seguido tener un futuro de puntos suspensivos que desembocan en un abismo sin oportunidades.
A veces tenía la sensación de que si miraba hacia atrás sin arrepentirse viviría su particular pasaje bíblico, convirtiéndose en estatua de sal como aquellos habitantes que miraron con anhelo y pena las ciudades del pecado y la perdición de Sodoma y Gomorra. Y al salir de la cárcel y regresar a la vida social, no sería más que un muñeco de trapo en manos de esta sociedad mezquina.
En ese punto se encontraba, entre estatua de sal y muñeco de trapo.
Afuera, el cielo pasó del intenso amarillo al apocado gris. Se levantó de la cama y fue hacia la ventana mientras su mente comenzó a recorrer los senderos de su memoria, que le llevaron a su infancia y adolescencia.
 
Rememoró el olor a café y a pan reciente que siempre desayunaba antes de ir al colegio. Su paso por allí, fue el de un cervatillo asustado pero inmensamente feliz; no pudo reprimir una sonrisa al pensar en ello. Recordó y reconoció que fue en su adolescencia cuando se convirtió en un soñador extraviado, un perdedor encantador, que ya por aquel entonces comenzó a coleccionar derrotas. Como si se estuviese mirando en un espejo, vio como arrastró su alma en cada verso y beso que entregó, que amó como nunca y perdió como casi siempre, y aún así, resistió estoicamente los sietes en el corazón y los ceros a la izquierda. En ese reflejo también pudo ver el sudor y la sangre que se dejó en los trabajos por los que pasó y las neuronas quemadas que quedó en el camino cuando tocó estudiar. Pero desde esa etapa de su vida hasta hoy, la sombra de la derrota siempre acababa alcanzándolo. Por una causa o por otra terminaba de la misma manera; sin trabajo, sin dinero, sin amor, con el presente encogido y el futuro enredado. En esos momentos, como si le acompañase o fuera a juego con los duros recuerdos, empezó a relampaguear, y él, desde su ventana observó como el cielo inexorable anunciaba tormenta. La contemplación de esa tormenta lo llevó a un día también lluvioso en el que decidió jugarse su destino a una sola carta. Parecía que lo estuviera viviendo de nuevo al recordarlo. Fue aquel día que se armó de valor, se desarmó de paciencia y a través del amigo de un amigo de uno de sus amigos, (que es como a veces suelen funcionar estos asuntos) se puso en contacto con un traficante para hacerle de “mula” en la entrega de una mercancía. Pero su mala suerte, no por jugársela esta vez a la carta más alta iba a abandonarlo, y a pocos pasos de conseguir su objetivo, la oportunidad lo abandonó a merced de la mala fortuna.
_ ¡Como siempre!_ murmuró entre dientes mientras le ponían las esposas y le leían sus derechos.
 
Y ahí estaba, en la ventana de su celda, quince años, seis meses y un día después. Había pasado un infierno, había vivido un infierno y no sabía exactamente que infierno le esperaba fuera. La tormenta se calmó cuando llegó la hora de la que sería en ese lugar, su última cena.
Siguiendo el protocolo que llevaba tanto tiempo haciendo, se sentó a la mesa. Aquello era su última cena, sí, pero él ni por asomo era Jesucristo, ni tampoco a su lado había precisamente discípulos, pero en esa peculiar comparativa una pregunta le rondó por su cabeza: ¿ Sería la sociedad a la que volvería al día siguiente, su particular Judas Iscariote?
Cuando regresó a su celda, esperó tumbado a que apagaran las luces y cayó extrañamente agotado en los brazos de Morfeo.
Al día siguiente, como si representara climatológicamente a la libertad, el sol era radiante. Faltaba algo menos de una hora para su excarcelación. Se levantó, se vistió y cogió entre sus manos un libro con las pastas de color rojo. :Lo abrió, en su primera página aparecía escrita la palabra “Diario”.
Y es en estos momentos, a pocos minutos ya de salir de este infierno, cuando he decidido dejar de escribir en tercera persona para hacerlo en primera persona.
Sí, yo soy el protagonista de estas líneas, ese soñador extraviado y perdedor, que hoy por fin dejaré de ser de una vez por todas. Ya lo tengo decidido. Luego seguiré escribiendo, están abriendo la puerta de mi celda, ya es la hora.
Ahora mismo me encuentro en una habitación en la quinta planta de un hotel. Con el dinero que he conseguido reunir, he podido pagarla. Sólo me quedan en los bolsillos diez céntimos y dos conclusiones, la primera es, que sigo siendo un perdedor, además ahora con el agravante de ser un perdedor con la rabia encendida. La segunda es, que esta sociedad, sólo podría ayudarme a seguir siéndolo.
Por último y por razones obvias, tengo que escribir este párrafo antes de que suceda.
Me asomo a la terraza, las vistas no son nada del otro mundo, la altura si es considerable, es una quinta planta, me coloco en el borde exterior de la barandilla, en este punto probablemente me pasará por la mente la vida entera, dicen que siempre ocurre eso, aunque la mía ha sido una mala película, ¡ no creo que me vayan a dar un oscar! Estoy decidido, tomo entre mis manos el “diario”, después tomo impulso y salto al vacío. No sé cuánto he tardado en caer, quizás unos tres segundos. Ya me encuentro en el suelo, en un gran charco de sangre. Ya he debido perder los veintiún gramos que dicen que pesa el alma, no veo ninguna luz, tampoco la esperaba, no iba a cambiar mi suerte por estar muerto.
Ah, un último apunte:
Apuesto doble contra sencillo, que ahora mismo hay un tumulto de gente mirándome asombrados y petrificados como estatuas de sal, al ver mi cuerpo inerte y roto como un muñeco de trapo.

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