Infecciones ( de Rodrigo Ratero) ( extracto de la novela Maestro Pocero)

Llevaba casi cuatro meses saliendo con Iria, si no estaba trabajando estaba con ella, los polvos seguían siendo desastrosos pero no me importaba. El dinero de mi trabajo apenas mantenía nuestro enganche, a Iria le daba parte de mi sueldo para que lo gastase en caballo, lo cortaba y vendía por el casco viejo, así nos daba más dinero, pero ella consumía demasiado, y últimamente yo también. También sacábamos algo extra por palos que Iria daba por ahí, pero nunca era suficiente. Yo sabía que tarde o temprano acabaría presa de nuevo y a mi en cualquier momento me echarían del trabajo, si no tenía caballo no podía ir a trabajar, cada vez que sufría el mono no podía levantarme de la cama más que para buscarme la vida para conseguir más caballo. Era horrible, aparte me había salido una infección en el brazo, lo tenía muy hinchado de picarme, parecía el de un puto culturista y lo único que me calmaba el dolor era sólo picarme en el mismo sitio. Pregunté a un farmacéutico de mi barrio, donde compraba las chutas, si me podía recetar algo
-Oye chico, lo que tienes que hacer es ir al médico, no tiene buena pinta- Me dijo

-¿Para que?-pregunté

-No se, supongo que te lo sajará y te sacará lo que tengas dentro, si no lo haces podría infectarse más y podrían acabar cortándotelo.
Esas palabras me impresionaron. Aquella misma tarde decidí acabar con el problema yo mismo. Fui a casa y eché casi un cuarto de caballo en una cuchara. Normalmente de un cuarto salen varios picos, me lo metí y me flasheé
-Cállate y acompáñame al baño, que voy a curarme lo del brazo
Fuimos al baño, cogí un cuchillo de la cocina, me metí otro pico, quemé el filo del cuchillo con un mechero y empecé a rajarme por un punto de pus que había salido en el brazo, el cuchillo apenas cortaba así que metí la punta en el punto de pus todo lo profundo que me permitió el dolor y abrí haciendo palanca
-¡Apriétame el brazo con todas tus fuerzas! –le grité a Iria
El pus empezó a brotar con fuerza hacía fuera, olía que apestaba, era impresionante la cantidad que salía por esa pequeña herida. A pesar de todo el caballo que me había metido me dolía muchísimo, Iria lo miraba con asco y volvía la cara hacía otro lado.
-¡Sigue apretando! –le gritaba
El brazo siguió manando un rato hasta que cesó y lo metí bajo el grifo. Iria fue hasta mi armario rompió una camiseta e improviso una venda. Después salimos de allí, no quería coincidir con Pablo, odiaba a Iria y yo le debía un mes de alquiler. Bajamos a un parque cercano y me tumbé en un banco. El dolor había desaparecido, pero sabía que en cuanto se me pasase el colocón volvería. Estuvimos allí hasta que era muy tarde y subimos a dormir a casa.
Por la mañana muy pronto me llamaron del trabajo para decirme que estaba despedido, que pasase a por el finiquito. Apenas colgué se abrió la puerta de mi habitación era Pablo.
-Oye Raúl, para cuando venga de trabajar quiero que hayas recogido tus cosas y a esa puta yonqui y hayas desaparecido de esta casa
-Pero… Pablo…
Cerró la puerta y desapareció. Nos fuimos del piso, pero antes entré en el baño me pasé los dos cepillos de dientes de Pablo por el agujero del culo y le meé en el liquido de las lentillas. El brazo me dolía mucho, decidimos ir al médico, no sin antes meternos un pico, ya casi no nos quedaba heroína para nosotros y menos para vender, tampoco teníamos dinero. Cogimos mis cosas y las dejamos en casa de la madre de Iria. Después fuimos al médico, en la sala de espera Iria no aguantaba más y fue al baño a meterse un pico
-¿No puedes aguantarte?- Le susurré
-¡Déjame en paz! me gritó
Salió del baño y al cuarto de hora entré yo, según sacaba la aguja de mi brazo oí por megafonía
-¡Raúl Bouzas!
El médico me recetó un antibiótico muy fuerte, vi como se fijaba en la gota de sangre que caía de mi otro brazo.
La madre de Iria nos dio el dinero para el antibiótico con la condición de que nos fuésemos de allí, aún así la convencimos para que nos dejará dejar mis cosas unos días. Iria quiso gastarse el dinero en más potro pero le dije que no estaba dispuesto a perder el brazo. Esa noche dormimos en un cajero de CaixaGalicia.

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