La fábrica ( de Manuel Sirvent)

  El ambiente estaba tenso en la fábrica. La hija del encargado miraba a una muchacha con ojos desafiantes y tranquilos. La muchacha la miraba a ella con la fuerza de una obrera libre pero atada, la compañera, de al lado en la máquina, hablaba con suaves aires de grandeza intentando no molestar demasiado a nadie. El hijo del dueño escuchaba música en sus cascos con un cigarro en la oreja. Y yo me comía un bocadillo a pellizcos.

   El trabajo mecánico era realmente aburrido y con semejante panorama, tenía claro con quién quería pasar una tarde divertida. Asi que le dije a la muchacha sonriendo: ¡ esto es una locura! A lo que me respondión con un guiño. De repente el panorama cambio. La hija del encargado tornó sus ojos por unos de preocupación. La muchacha ya no tenía miedo a las amenazadas. La compañera de al lado no confiaba mucho en lo que decía pero tenía que seguir hablando. El hijo del dueño escuchaba música en sus cascos con un cigarro en la oreja. Y yo cogía un puñado de servilletas.

   Me acerqué a la muchacha ofreciendole una y le dije: ¡ todas son blancas! . La cogio, y mirandome a los ojos me preguntó: ¿ y tú, tienes agua?. Le señalé una botella que había encima de la mesa. Se levantó, puso mi nombre con un rotulador en la botella, y se la acercó a su boca mientras me miraba. La hija del encargado tenía ahora cara de decepción. La muchacha se jactaba descaramente de ella. La compañera de al lado ya no hablaba, y permanecía expectante a lo que haría la hija del encargado. El hijo del dueño seguía a lo suyo. Y yo me planteaba si la muchacha realmente merecía mi apoyo.

   ¡Eres mala ! Le dije a la hija del encargado. En su cara pude ver sus deseos de venganza. ¡ Eres mala!, le volví a decir. Entonces me miro con complicidad. La compañera de al lado no perdía detalle de lo que pasaba, me giré hacia ella y le dije alegremente ¡ Esa currante! Resignada a su destino decidio sonreirme. Para entonces la muchacha ya se habia bebido media botella de agua y su expresión corporal me recordaba a la mia. ¡Son y diez ! Me dijo la muchacha y yo asentí con la cabeza.

   Me acerque a ella y le até el mandil. Ella hizo lo mismo con el mio. Entramos en la nave sin importarnos nada, ni nadie, sin miedo a ordenes que obedecer. Semanas mas tarde el encargado me echó del trabajo, la muchacha aguantó un par de semanas más. Pero esa tarde, fuimos libres en aquella fábrica.

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