La final de copa ( de Manuel Sirvent )

   Lo habíamos preparado todo. La noche anterior, hicimos una expedición, para asegurar el cátering, a un chiringito en el río. Como no pudimos entrar por la puerta, tuvimos que abrir el tejado de chapa en forma de lata de sardinas. Realizamosunos cuantos viajes llevando bolsas de gusanitos y refrescos, pero la cosa se complicó con el transporte de helados. Se derretían por el camino. Tras el primer viaje fallido, y puesto que eran demasiados para comérnoslos, alguien empezó probarlos todos, y los demas hicimos lo mismo. Los abríamos, le pegábamos un bocado y lo tirabamos. Cuando acabamos nos fuimos con la satisfacción de un golpe bien dado. Fue casi tan bueno, como el que nos llevo a todo esto. Una noche sin nada que hacer, nos metimos en el campo de fútbol de la ciudad y, tras romper varios candados, nos llevamos todas las copas de las vitrinas, que al equipo local les había costado años ganar. Por eso hoy estábamos contentos, eramos unos chicos de barrio, que íbamos a levantar un trofeo, independientemente del puesto en que quedáramos.


   La final de futbol-chapas fue de lo mejorcito que he visto. El terreno había sido mojado con un pulverizador, para que los garbanzos, previamente seleccionados, y las chapas de los jugadores se deslizaran mejor. Queríamos ver un partido rápido y de precisión. No defraudo, tiros imposibles, defensas tácticas bien posicionadas. Sin duda eran los mejores, y los demás disfrutábamos viéndolo. Había un ambientazo, los colegas coreabamos hasta los saques de banda. Incluso hubo algún pequeño disturbio, que relajo un poco la tensión. Un gusanito quemado fue lanzado al terreno de juego a modo de bengala, pero un recoge pelotas lo retiró sin causar mas problemas. Hubo un baño de goles por parte de los dos contrincantes.

   Cuando acabó el partido manteamos a los finalistas. Luego fuimos desfilando uno a uno por un taburete a modo de podium, donde nos entregábamos las copas, nos cantábamos el We are de champions” y llenábamos los trofeos de fanta o cocacola, según gustos. Mas tarde fuimos a la fuente a bañarnos. Antes de llegar nos encontramos un autobus de autoescuela aparcado. Era nuestro día, y tras varios intentos conseguimos arrancarlo. Como no llegábamos a los pedales, uno tuvo que coger el volante, y otro se encargaba del freno y el acelerador. Nos paseamos por el barrio continuando la fiesta hasta que se acabo la gasolina. Fue uno de los mejores días que recuerdo de cuando era chico. Aquel en el que unos hijos de obreros de la periferia, celebraron su final de copa.
 

Deja un comentario