La isla II ( ¡ Coge el loro! ) ( de Manuel Sirvent )

  Decidimos coger un poco del dinero del hachís e ir a un bar de giris a tomar unas cervezas. Total, todavía faltaban un par de semanas para pagar el alquiler y solo serían un par de ellas. Lamentablemente la cosa se complicó cuando el socio le dijo a la camarera: “ Tú giri de mierda, que vienes aquí a quitarnos el trabajo. ¡ Date vida y tráenos unas birras bien frías, hija de puta!”, y esta lo entendió. De repente una manada de hooligans con palos de billar en la mano vinieron a increparnos y tuvimos que salir por patas.
  Extasiados, optamos por ir al piso a por la pasta que nos quedaba y ahogar los nervios en alcohol. Era un buen momento para celebrar nuestro impune estado físico. Los porrones de un brevaje regional rulaban por el bar con gran facilidad y los exconvictos de la isla, residentes en la playa, agradecían nuestra generosidad. Nos contaban sus historias, nos enseñaban sus brazos llenos de picos por el caballo y nos aconsejaban insistentemente que no lo probásemos. Incluso unos días despues de eso, unos cuantos me untaron con bronceador y me pusieron al sol achacando que estaba muy blanquito y que parecía enfermo, pero bueno… esa es otra historia.

   Transcurridas las horas nos empezó a ser insuficiente el vino porronero. Si no nos drogábamos era como si saliéramos a echar un rato. Y después de un par de preguntas, un tipo, el que pelaba las patatas a tacos en el bar, eso era lo único que le vimos hacer, y nos pareció sorprendente, pues en el tiempo que llevábamos allí nadie había pedido nada de comer, nos dijo que podía conseguir algo de cocaína. Decía que era un lugar muy discreto, que nada de cantearse, que no habláramos, que lo dejáramos a él, que sabía como tenía que comportarse. No había mucho mas donde elegir, osea que nos fuimos con él, dejando allí a la muchachada.

  Nos dirigimos hasta las proximidades de un bar, y allí encendió su moto y dijo que lo acompañara  uno. El del disfraz se montó con el. En breves el pela-patatas acelero su moto y en el bordillo del bar se tambaleo, se empotro contra la puerta, que arranco de cuajo. El del disfraz salio despedido hasta chocarse contra unas mesas, y levantándose como pudo el conducía dijo a gritos: “A ver! ¿Donde esta la coca?”. No fue tan discreto como ostentaba pero nos consiguió algo.

  Ya en el bar de moda, mientras volaban las copas y los viajes al servicio, alguien nos amenazó. No entendíamos nada, ni tampoco entendíamos porqué un tío con un monopatín en la mano nos estaba defendiendo, ni de donde habían salido esas pelucas afro, de poco mas de un metro, que llevabamos puestas, pero la cosa pareció solucionarse.

  Finiquitada la estancia en el lugar cosmopolita, y después de que el colega me hubiera tirado al canal cabreado porque habíamos gastado todo el dinero que nos quedaba para nuestra subsistencia. Decidimos abrir un coche para ver si podíamos conseguir algo de pasta. “¿ Cómo lo hacía el Mateos?”, le pregunté al colega. “Le daba una patada debajo de la cerradura.” Me contestó. Acto seguido le arree una patada a la puerta del acompañante, abrí la puerta, me metí dentro y le abrí al colega para que entrara él. Inspeccioné la guantera y encontré un puñado de billetes, trescientos y pico euros en total. Medio llorando le dije al socio “¿Pero como se puede ser tan gilipollas para tener tanto dinero en el coche?” , a la vez que doblaba el fajo y me lo metía en el bolsillo.

  Llevábamos bastante tiempo metidos en aquel vehículo, y empecé a ponerme nervioso por la posibilidad de que alguien nos hubiera visto o podría vernos. Tenso y gritando en voz baja le dije al colega, “Coge el loro tío”. Y con total tranquilidad e incomprensión me contesto, “¿para que lo quieres?” . “Que cojas el loro”, le volví a decir. ¿pero, para que lo quieres?, me volvió a contestar. Empezamos a discutir a voces repitiendo cada uno la misma frase que habíamos dicho e incrementando con cada interacción el volumen de voz y el nerviosismo, hasta que por no seguir con la conversación tan estúpida decidió substraer el frontal extraible del susodicho.

  Corrimos tan lejos como pudimos del lugar de los hechos, hasta que nos metimos en un pantano, enfangados hasta las rodillas, y a salvo de peligro, decidimos volver por la calle principal del pueblo. Y en esa avenida, un descapotable abrió la veda. Fue el primero de una lista de innumerables hurtos camino casa. Rompíamos ventanillas, entrabamos por el maletero y habríamos puertas de los coches, que los turistas se habían dejado abiertos, y cada vez con mas descaro, como si nada pudiera detenernos. Tal era el volumen expropiado que teníamos que ir seleccionando objetos para poder transportar los que mas nos gustaban.

  Una vez mas, habíamos comprobado, que esa puta isla, las cosas se iban de la misma manera que venían.

Deja un comentario