Linea 5 ( de Santi Kostra)

Llevaba varios días observándola antes de reconocerla. Deambulaba hablando sola por los andenes de la línea 5. No pedía dinero ni hablaba directamente a nadie, no aguantaba ninguna de las miradas de asco o compasión que le brindaba la mayoría de la gente. Simplemente, ya no estaba aquí.

Años antes, mientras trabaja como asesor financiero para esa estúpida empresa, ella se incorporó a la plantilla dentro del equipo de limpieza. Se enamoró perdidamente de mí, y no lo ocultaba; me perseguía por la oficina dándome el coñazo o sentándose sobre mis rodillas a la hora del café. Incluso no dudó en hablar con su tío, jefe de mantenimiento y, quien le había conseguido el trabajo. Con él mantenía una cercana amistad, por lo que no dudó en intentar convencerme para que saliera con ella a cenar, algo que de una manera extraña me hacía sentir una extraña sensación, comprendida entre el asco y la compasión.
Y esa fue la gota que colmó el vaso. Desgraciadamente, ella pagó la rabia que desprendía tras salir de la oficina del director con mi carta de despido. Parecía ser que el haberle reventado la cara al compañero de la mesa de al lado tras haber soportado durante años sus estúpidos comentarios sobre las mujeres, los toros, el patriotismo, y su fétido aliento, era motivo más que suficiente para ponerme de patitas en la calle, además de un reportarme un costoso proceso judicial.
Al acercarse a mí para su acoso diario la grité e insulté, diciéndola que me alegraba de no tener que verla la cara más, aunque realmente la apreciaba bastante más que a cualquiera de esos engendros uniformados a los que tanto me parecía por aquellos entonces. Se alejó llorando desconsoladamente, y se perdió por la esquina junto a la máquina de agua.
Esa tarde quedé con su tío para tomar una cerveza, y tras recriminarme mi actitud, me contó el drama de su sobrina. En El Salvador, de dónde provenía, se había quedado embarazada de un hombre varios años mayor que ella, que bebía casi al mismo ritmo que la pegaba. Al no tener recursos para criar al niño, decidieron cruzar Guatemala y México hacia Estados Unidos. Tras un largo viaje lleno de penurias, y a pocos kilómetros de la frontera con Norteamérica, en el desierto, sufrió un aborto. El desgraciado vio clara la libertad de lo que consideraba su carga, y la dejó abandonada allí mismo, sin agua y en medio de un charco de sangre. Milagrosamente fue encontrada por una contrabandista de tabaco que realizaba el viaje de vuelta, quien se apiado de ella y la llevó hasta el hospital más cercano. Allí comenzó su recuperación física, comenzando también su degradación mental: noches de insomnio tras las que aparecieron las ideas obsesivas y paranoides. Cuando pudo moverse, escapó y regreso a su pueblo.
La entrada en lo que creía ser el hogar que compartiría con su familia la enloqueció aún más. No dormía y caminaba por el pueblo de noche. La gente comenzó a cuchichear y a evitarla, esgrimiendo el argumento de que estaba maldita. Su familia preocupada, decidió enviarla fuera del país, y desde allí viajo para vivir con su tío en esta ciudad gris.
Esa noche escapó de su casa y no regresó. No volví a saber más de su tío y desaparecieron en mi memoria como un feo recuerdo.
Hasta esta semana. Tras reconocerla, traté de sacar fuerzas para acercarme y disculparme por cómo me había comportado, pensando que de alguna manera eso la ayudaría, aunque en realidad solo quería calmar mi estúpida conciencia. Estaba a pocos metros de ella esperando el tren, respiré profundamente y comencé a acercarme mientras se escuchaba el primer vagón del metro entrando en la estación. Cuando estaba a un metro de ella, corrió hacia una mujer que leía distraída el periódico, con un carrito de bebé al lado. Cogió en brazos al niño que dormía plácidamente y saltó a la vía. Un segundo antes de que sus tripas y las del bebé nos salpicaran la cara a la madre desesperada y a mí, ella me miró. En un último suspiro de cordura, ella también me había reconocido. ¿O se había reído de mí grotescamente?

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