Negocio guarro ( de Rodrigo Ratero )

  Siempre viví en un cochambroso piso en la zona se Antón Martí, con mi madre y su eterna pena, tan sólo hace unos meses que murió, y aparte de un trauma y un insano complejo de Edipo, este piso, oscuro, interior y sin apenas ventanas es lo único que me dejó. Apenas he trabajado en mí vida, algunas sustituciones en empleos de mierda, tampoco conocí mujer alguna, salvo las de mis revistas y películas porno. Al final sólo y sin la pensión de mi madre me he movido por varios trabajos en los que nunca acabé de encajar. Reponedor en un súper, cajero en un videoclub, guardia de seguridad en un garaje… en ninguno de ellos me fue muy bien. Soy torpe, bajito, gordo, calvo y feo, eso parece no ser inconveniente para trabajar, pero creedme, lo es.

  Llegó un momento en que me llegaron a cortar la luz y el agua, comía latas de atún con pan bimbo en la oscuridad de mi habitación, después me masturbaba repetidas veces y me quedaba dormido con un montón de viejas y sucias mantas en un viejo colchón con el pene lleno de aceite vegetal. Pero un día cambió mi suerte, conseguí un trabajo hecho a mi medida, en un viejo sex-shop que el sexo por Internet aún no había arrasado. El dueño era un viejo verde que estaba cansado, no se porque me contrató a mí, pero allí estaba y aunque no lo creáis el negocio, sin ser una mina de oro funcionaba. Era un gran sex-shop, no la típica tienda guarra de barrio. Teníamos chicas actuando tras las cabinas, también cabinas con videos para los más humildes y todo tipo de perversiones en dvd y video, gang bang, oral, orgías, l, facial, cine homosexual, travestis, anal, interracial, zoofilia, violación simulada, falso snuff, todo un jugoso catalogo que yo ordenaba y vendía con sumo gusto. También teníamos todo tipo de juguetes, bolas chinas, consoladores de todos los tamaños y colores, con o sin vibración, incluso puños de latex con una vibración tan potente como la de una endemoniada con epilepsia montada en un vagón antiguo del metro de Madrid. Lubricantes de frío calor, preservativos de todos los sabores y colores, vaginas a pilas, literatura obscena capaz de levantarte el rabo tan sólo con dos párrafos… en fin era un buen negocio guarro. Yo estaba encantado de trabajar allí, hacía uso de muchos productos, gratis o pagando muy poco. Conocía a las chicas, aunque apenas me hacían caso, llegaban bailaban, se tocaban y se iban, se nota que este negocio y sus clientes les horrorizaba… No todo era fabuloso en el paraíso, había partes del trabajo que aunque yo ya estaba acostumbrado, a otros espantaría, a pesar de que en todas la cabinas había papel higiénico de hecho era a lo que más tiempo dedicaba al día a cambiar rollos, la gente, los clientes, en las cabinas solían correrse contra el cristal… Gastaba muchísimo cristasol para deshacerme de toda esa mierda, en cuanto salían de la cabina iba rápidamente a limpiarlo, pues las manchas de semen si las dejas secar son difíciles de limpiar, a veces había otros clientes esperando y no podía ir a limpiarlo, conclusión: algunos días limpiaba hasta cuatro tipos de semen de un mismo cristal a última hora. A mi no me atraen los hombres, nunca lo han hecho, cosa que en el fondo me jode, me facilitaría mucho las cosas poder follarme a todo tipo de gente, ya sean menores, mayores, hombres o mujeres…hubiese ahorrado mucho tiempo, dinero y esfuerzo. Pero a pesar de no gustarme los hombres entrar en las cabinas a limpiar, me pone cachondo, quizá sea que mi cerebro identifica ese olor con mi masturbación. 
 
  Al final precisamente por eso acabé perdiendo el trabajo, por eso y otras minucias, una vez mientras limpiaba una de las cabinas el jefe, que no solía pasarse por allí me pillo olisqueando unos clínex de dentro de la papelera de las cabinas. En otra ocasión una de las chicas que trabajan allí, una puta rumana, le dijo que le acosaba tan sólo porque le ofrecí dinero a cambio de una mamada… 50 euros, ¡Perdón por intentar ayudarte señorita! La gota que colmó el vaso fue la aparición de un viejo de setenta y ocho años que tras venderle bajo cuerda unas viagra apareció muerto en la cabina con el rabo empalmado en la mano y los huevos cubiertos de semen reseco. Perdí el trabajo y tiempo después conseguí uno de barrendero nocturno, está claro que la noche y la mierda me persigue, cuando encuentro condones usados en las basuras me los acerco a la nariz y me viene a la memoria mi antiguo empleo…

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