Neoplasia ( de Santiago Bueno-Fortes )

Laboratorio

 
Ella tiene esa mirada, siempre la había tenido. Me ha llevado un tiempo entender lo que acechaba tras esos iris claros, esa apariencia relajada y tranquila, el contraste que causaba entre tanta gente hiperactiva, moviéndose entre mesas abarrotadas de pipetas, centrifugadoras, muestras y placas.

 
Entré hace unos 4 años en el laboratorio 19, el último de la planta baja de un complejo de investigación moderno, bien equipado, donde se reunía lo más puntero del país. Llegué aquí siendo un machaca, el tío para todo, rodeado de escritores en Nature y Science.
Tras acabar la universidad, me plantearon la posibilidad de entrar en una convocatoria de un puesto para doctorado y me gustó la idea de ver algún día, grabado en una placa de un dorado hortera, una inscripción que dejara ver un “Dr.” seguido de mi nombre en la puerta de mi piso, como las de los viejos de los 70.
Lo primero que noté es que allí yo no importaba una mierda a nadie, los que llevan allí mas de dos años hacen un cambio de chip y pasa a ser peña que mola más que nadie. En poco me vi inmerso en la rutina de trabajo, de 9 a 9, del ordenador al pipeteo, del DNA con ioduro de propidio, que si lo tocas sin guantes te lleva al hospital. 
 
Me empezó a gustar todo eso, cada día me atrapaba mas, me hacía sentir vivo. Para entenderme hay que haber tenido en la mano cien mil vidas, cada una individual, diferente, tranquila, cien mil células o bacterias respirando, comiendo y cagando. Toda esa vida latiendo para que con una gota de enzimas se acabe, se transforme en un vómito de proteínas sin forma. Ni en los mejores sueños de holocausto de un Hitler, un Stalin o un Hernán Cortés se dan masacres así, siendo consciente de cada existencia acabada, de que cada hilo lo ha cortado tu propia mano y tu propia voluntad.
Al final en lugar de tener que hacerlo, simplemente lo hacía. Y todo cambió cuando la conocí.
Sobre el tercer año me cambiaron de jefe y la conocí a ella, la chica de los ojos claros. No sabía si su mirada me atraía o me repugnaba. Pasamos juntos los días probando en ratones compuestos anticoagulantes, el experimento consistía en una inyección, esperar una hora y golpear al animal, al rato era visible si el derrame interno era mortal o no. Cada cuerpo sin vida pasaba a la lista, en una búsqueda sin fin de lo “estadísticamente significativo” hasta satisfacer un parámetro que ponía fin al experimento.
Nunca había notado ese sentimiento de pertenencia a un lugar, ese enlace entre lo físico y la mente. Me sorprendió cuando empecé a dormir mal los días que no pasaba por el laboratorio, los días que hacía vida normal eran deprimentes y vacíos. Allí estaba tranquilo, equilibrado, era mi sitio.
Sin embargo, de vez en cuando, ella se ponía nerviosa y pasaba una hora irritada, acelerada. Me cambiaba el ánimo a mi también, empecé a odiar esos momentos y me dí cuenta que al rato de estar de mal humor, desaparecía durante dos o tres horas.
Un día decidí seguirla, y ahora hay noches que lo lamento.
Era un viernes, las ocho de la tarde habían pasado, pues no se notaba el mismo movimiento, la gente estaba en sus casas viendo la tele o cenando. Ese día bajé tras ella, hasta el último escalón del edificio, y la ví pararse delante de una puerta que siempre había supuesto que daba a algún congelador industrial y que me recordaba a la de la cámara en la que Jack Nicholson se queda encerrado en el resplandor. 
 
Pasó una tarjeta de acceso por un teclado de seguridad y pulsó una secuencia demasiado rápido para que pudiera memorizarla, al verla entrar por la puerta, que se cerraba lentamente, puse con rapidez el pie para no quedarme con las ganas de ver el otro lado. Esperé un par de minutos y entré, atravesando un pasillo cubierto de plásticos, bajando escaleras hasta calcular dos pisos por debajo del suelo, notando un frío que me robaba el calor del cuerpo. 
 
Al llegar a la sala del fondo, mientras me apoyaba sin hacer ruido en el marco de la puerta dí con una imagen que nunca podré olvidar. Había todo un surtido digno de un museo médico de criaturas en tanques de conservación, animales y humanoides, irreconocibles, en los que siempre faltaba o sobraba algo. En una mesa baja de autopsia, un niño de vez en cuando movía la cabeza, mientras que en el lugar en el que debería haber estado su brazo había una clara proliferación descontrolada de células, era un milagro que ese cáncer no hubiera metastatizado en el cerebro o los pulmones, que aún siguiera con vida. Tras observar como ella tomaba apuntes durante varios minutos escuché su voz:
-Ya era hora, deja de mirarme embobado y ponte los guantes de nitrilo, hay trabajo que hacer.

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