No queda nadie decente ( de Manuel Sirvent )

   Tropecé, choqué con un chaval y se me calló mi cinco estrellas. Lo miré, era una de las narices mas grandes que había visto nunca. Hipnotizaba. Estaba todavía perplejo por lo voluptuoso de su rasgo facial, cuando oí una voz decir: “¡ Ahora se la pagas!”. El muchacho agacho la cabeza, lo cual dificultó mi análisis sobre su tocha, y pidió en la barra una cerveza para mi. Me senté con ellos un rato, la chica resultó ser su novia, y cuando me acabe la birra me fui a dar una vuelta.

   Pasé por el tenderete de unos catalanes, que había a la orilla del lago. Eran una pareja, y una rubia con rastas muy guapa. Nos caímos bien, y les dije que se pasaran por el bar donde solía ir. No me confirmaron nada, pero al despedirme vi en los ojos de la chica una luz brillante que hizo que me ilusionara.

   Por la noche fui al bar. Me senté solo en un lateral de la barra. Al botellín y medio de entrar llegaron los catalanes. La muchacha de rastas se colocó en un taburete a mi lado, y la pareja se mantuvo de forma cómplice al margen. Mis nervios aumentaron, las risas entre ambos también, y en semejante panorama, la chica se subió un poco la falda y abrió sus piernas, con lo que pude verle sus bragas blancas. La miré insinuándole que se lo estaba viendo todo. Y al darse cuenta de mi gesto, su reacción fue subirse mas la falda y abrir mas las piernas. Abrumado por la situación, empecé a hablarle menos, hasta que aburrida y decepcionada se marchó.


   No tardo mucho en ser ocupado el taburete. Una mujer de unos cuarenta y tantos años, escotada y con un anillo de oro, me invito a unas birras. El proteccionismo con el que era tratado y la sensación de ser objeto de capricho me hizo abandonar el bar, sin previo aviso.

   Fuera, curiosamente me encontré con la muchacha que había hecho pagarle a su novio mi cerveza. Se aproximo a mi, y abrazándome me dijo:“ ves la luna que bonita”. A lo que le respondí que no veía nada especial. Ni tampoco aprobaba su actuación. Tras unos agarrones por su parte y unos cuantos noes por la mía, conseguí huir.

   Me pare en una calle, y pensé: no queda nadie decente.

Deja un comentario