Noche Polar ( de Morti Destrucción y Vidal Dosis)

La noche polar es un fenómeno que afecta a zonas situadas en una latitud concreta, cercana a los polos del planeta. Así, hay seis meses durante los que el sol brilla, y otros seis en los que la oscura noche lo devora todo. El concepto de vida en estos lugares es bastante diferente al que podamos tener nosotros, horrorizándonos la idea de estar seis meses sin ver el sol, y lo que ello puede desencadenar…

Susan odiaba los ojos azules. A sus diez años, ya había experimentado la crueldad del racismo que imperaba entre los seres que le rodeaban. Su piel negra le había hecho sentirse infrahumana desde el primer día que puso el pie en el colegio; tenía fobia al pelo pajizo y a los ojos claros, que tanto le recordaban a las torturas que tenía que sufrir por parte de sus compañeros, que solían partirle los dientes y arrancarle todo el pelo de la cabeza a tirones hasta hacerle sangre, quedando Susan con la cabeza llena de costras, hecho que incrementaba aun más las burlas de sus compañeros, que lucían una sonrisa de oreja a oreja cada vez que contemplaban el resultado de sus torturas.

Una mañana, Susan salía del colegio, durante la época en la que la noche polar reinaba. Amaba este período; ese frío intenso y esa oscuridad reinante hacían que pasara desapercibida, ya que la oscuridad era el estado normal de las cosas, similar a la oscuridad de su piel. Era consciente de su creciente tendencia psicoasesina, que se veía incrementada cada vez que las sombras llegaban: eran sus aliadas.
Pero esos malditos ojos azules de las otras personas inundaban la cabeza de Susan de ideas homicidas. En la oscuridad, parecía que brillaban…
Una vez había regresado a su casa, intentó, sin éxito como desde hace años que se venía sucediendo esto, que su tío, la única persona con la que la niña vivía, escuchara sus llantos y súplicas por las torturas que se veía obligada a experimentar. Su tío la ignoraba hasta el punto de ni mirarla; no le inmutaban lo más mínimo las costras que cubrían la cabeza de Susan, ni los moratones, ni la sangre que salía de sus dientes partidos… únicamente tenía ojos para su ballesta. Su tío compartía este hobby por disparar con un grupo de aficionados, con los que se reunía todos los viernes por la noche. Por toda la casa, se esparcían revistas sobre ello, donde se especificaba con todo detalle los tipos de ballestas y sus formas de uso.
Susan volvía a subir a su cuarto con la cara cubierta de lágrimas, despellejándose los brazos con las uñas a causa de la ansiedad que le producía esta situación. Como venía haciendo desde hace años, sacó de su mochila un par de velas negras y las encendió. Se sentía identificada con ellas; no le gustaba la luz eléctrica, por lo que no tenía en su habitación, y las velas eran su manera de alumbrarse. Susan, consolándose entre la tenue luz, pensaba en su desgraciada vida. No sabía quiénes eran sus padres; no sabía nada más del resto de su familia, si estaban muertos, si la habían abandonado… sólo sabía que vivía con el hijo de puta de su tío que jamás le había dirigido la palabra. Además, su tío también era blanco con ojos azules, y Susan sabía que el también pensaba que ella se merecía las torturas que sus compañeros protagonizaban.
Una noche, una persona pretendió entrar en la casa donde vivían Susan y su tío. Mientras intentaba forzar la puerta, Susan escuchó ruidos dentro de la casa. Asomó la cabecita por la rendija de la puerta de su habitación y vio cómo su tío cogía la ballesta, apuntaba al intruso y le atravesaba la cabeza. Con el corazón a mil por hora, Susan cerró la puerta, volvió a su cama y miles de pensamientos le inundaron el cerebro.
Desde ese día, Susan comenzó a interesarse por las reuniones de su tío con sus compañeros de hobby. Escuchaba con la oreja pegada a la puerta del salón, todas las conversaciones. Hasta que escuchó una que le abrió las puertas para realizar aquello que marcaría el resto de su vida…
El más mayor de los participantes de la reunión hablaba sobre su almacén. En el garaje de su casa tenía todas las ballestas que había acumulado durante su suntuosa y rica vida. Vivía solo, a cuatro manzanas de la casa de Susan. Tras esperar a que finalizara la reunión, Susan comenzó a seguir al hombre mayor, que estaba abstraído de la realidad gracias a todos los whiskys que llevaba dentro del cuerpo y la farlopa que tanto le gustaba a él y al resto del grupo de aficionados. Antes de irse a la cama, solía abrir el garaje y permanecer un largo rato contemplando su colección, ya que era lo único que le quedaba en la vida. Susan, sin haber trazado ningún plan y dejándose llevar solamente por la emoción y los impulsos, se colocó detrás del hombre y, aprovechando el embelesamiento del mismo con sus ballestas, se deslizó por un lateral, hacia dentro del garaje. Como previamente había memorizado todos los tipos de ballestas y sus formas de uso, gracias a las revistas que su tío tenía por toda la casa, se acercó a la mejor de ellas, la que contaba con mayor precisión de tiro. Sin ser consciente del peligro que estaba corriendo, la acarició lentamente. La oscuridad de su piel la había camuflado durante todo ese tiempo, pero al acercar la mano a la ballesta, el hombre la descubrió, sorprendido, sin saber cómo reaccionar. En ninguno de los casos pensaría que una niña de diez años podría hacerle daño…. Pero repentinamente, y sin ser aún consciente de sus actos, Susan cogió la ballesta, apuntó al hombre y disparó. Le hizo un boquete en el pecho, dejándolo muerto, tirado en el suelo. Salió corriendo hacia su casa, recorrió las cuatro manzanas y se metió en su habitación por una de las ventanas laterales de la casa. Su tío ya estaba durmiendo. No se había enterado de nada. Susan no pudo dormir esa noche, tenía la cabeza inundada de ideas vengativas y justicieras. Por fin podría devolver todo el daño que venía sufriendo desde pequeña, teniendo a la noche polar como aliada.

Susan continuó yendo al colegio pero su mirada había cambiado. Ya no tenía miedo de las torturas y burlas de sus compañeros. Ahora, sonreía: ya casi ni sentía el dolor que éstas le causaban. Aguantaba pacientemente todas ellas, siendo consciente de que para lo único que le serviría sería para incrementar sus retorcidos pensamientos de venganza.
Esa semana, Susan fue invitada a un cumpleaños. La madre de uno de los niños que la torturaban contaba con todos los compañeros para el cumpleaños, incluída ella. No tenía el más minimo interés en asistir, pero, la noche anterior, en su habitación, lo pensó mejor y llegó a la conclusión de que se darían las condiciones idóneas para comenzar.
Se puso su traje más bonito y en su mochila escondió la ballesta. Cuando entró en la casa, halló una gran cantidad de asistentes, entre adultos y niños, por lo que no llamó la atención. Actuó de manera discreta, sin desentonar, durante un par de horas, hasta que vio al niño del cumpleaños ir a por un vaso de agua a la cocina. Silenciosamente, le siguió, sin que nadie la viera, encontrándose cara a cara con el niño al entrar en la cocina.
-¿Qué haces aquí?-Dijo éste-Creo que lo mejor es que te vayas a tu casa, ¿No te das cuenta de que no eres como nosotros?
Sin mediar palabra, Susan sacó su ballesta y le disparó, atravesando su cuello. El niño cayó de espaldas al suelo, manchando de sangre la moqueta.
Sin embargo, no le pareció que esto vengara todo su sufrimiento. Necesitaba, aunque ya estuviera muerto, humillar el cuerpo de aquel niño de pelo pajizo que tantas burlas había protagonizado. Miro a su alrededor, vislumbrando la cuchara de helado que la madre del niño había utilizado para servir a los asistentes de la fiesta. Sin pensarlo, la agarró con fuerza, se acercó a él lentamente, se puso de rodillas junto a su cabeza y, mientras sonreía, le sacó los ojos, esos ojos claros que tantas diferencias marcaba entre ella y el resto. Y entonces, le vino a la cabeza el par de velas negras que siempre llevaba: con ellas rellenó el espacio vació que habían dejado los ojos del niño en las concavidades de su cara. Se puso de puntillas para alcanzar la caja de cerillas que había en la estantería de la cocina, y encendió las velas, iluminando el rostro del niño muerto.
Guardó los ojos en un tarro de aceitunas vacío que había en la mesa, y lo metió en la mochila. Rápidamente, salió de la cocina y se unió al grupo que se encontraba fuera. Después de media hora, se despidió cordialmente de la madre del niño muerto, y tras darle las gracias, se fue a su casa.

Al día siguiente, la noticia conmovió a toda la comunidad. En el colegio no se hablaba de otra cosa: “Tras una hora sin verle, fuimos, preocupados, a buscarle por la casa. Había mucha gente y no sabíamos dónde podía haberse metido, hasta que recordamos que lo último que había dicho era que iba a por un vaso de agua. Llegamos a la cocina y lo encontramos muerto, con el cuello agujereado y velas negras encendidas en vez de ojos”.
Todos lloraban, y Susan actuó para parecer afectada, aunque por dentro se retorcía de placer. Por fin, estaba comenzando a hacerse justicia…

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Tele-polo norte: El parte de las tres.
“Una serie de extraños asesinatos se vienen sucediendo desde hace dos meses en la comunidad. Todos siguen el mismo patrón: las víctimas aparecen tumbadas, sobre el suelo o sobre la cama, con el cuello atravesado por un disparo de ballesta y sin ojos, con dos velas encendidas en las concavidades. No sabemos nada del asesino, pero todos los asesinatos han sido efectuados contra personas de ojos azules y pelo pajizo.”

Ésto es lo que escuchaba Susan desde su cuarto, cuando su tío veía las noticias.
Pasados varios años desde la primera víctima, en la comunidad se extendía un sentimiento de psicosis, ya que el 80% de los habitantes coincidían con los rasgos de las víctimas. Ya ni siquiera los acosadores tenían fuerza para continuar sus torturas y burlas, preocupados por los que ya no estaban.
Susan mataba de disparos certeros con su ballesta atravesando la nuez, y con una cuchara de helados arrancaba los ojos de cuajo, introduciendo velas negras en las concavidades. Esa era su firma, y así habían aparecido más de una centena de cadáveres.
En el pueblo se impuso el toque de queda. Los vecinos tenían temor de salir a la calle, sospechando de todo el mundo. Ya nadie estaba seguro en ningún sitio.

Susan contemplaba su colección de ojos, guardada meticulosamente como un tesoro en el tarro de aceitunas, oculto bajo la espesa capa de nieve junto al porche de su casa.
De pronto, sintió un escalofrío causado por un par de ojos azules clavados en su nuca.
Siempre había cuidado de estar a solas para observar su colección. Durante largos años había sido meticulosa en todos los detalles, pero el placer que le causaba tener entre sus manos todos aquellos ojos le había hecho dejarse llevar demasiado por sus impulsos y no poder controlarse. Cada vez era mayor; cada vez pasaba más horas de sus oscuros días mirándolos y pensando cuál iba a ser su triunfante final.

Sintió el vaho de su aliento rozándole; era su tío. Su cara no tenía expresión alguna; la fría y clara mirada le quemaba como si fuera fuego. Susan giró la cara, sonrió mirandole a los ojos, esos ojos que sabía que iban a ser el tesoro más preciado de su colección.
-Susan, tengo algo que decirte sobre tus padres. Sé que nunca te he hablado de ellos. Eran dos científicos prestigiosos, que trabajaban para el gobierno, tenían un laboratorio subterráneo en un sitio desconocido e investigaban bajo secreto de Estado. El gobierno les encargó un proyecto muy ambicioso, que en principio era sólo una teoría: modificar genéticamente el adn de los embriones para crear seres humanos con la piel blanca completamente. En principio debían investigar la teoría, pero tus padres, ansiosos de crear una persona pálida, completamente blanca, decidieron proyectar la idea sobre su descendencia. Tu padre engendró a tu madre y modificaron tu adn. Pero… al parecer, hubo un problema sobre los químicos que debían intervenir en la pigmentación, y el proceso se invirtió. Cuando saliste del coño de tu madre, ambos te miraron horrorizados. Eras completamente negra. El gobierno se enteró de lo sucedido e impidió que el caso saliera a la luz; semanas después, tus padres desaparecieron.- Susan clavaba su mirada en la de su tío- Yo no quería tenerte, pero la legalidad me obligó a ser tu tutor, al ser tu único pariente. Yo también odio tu piel negra. Me das asco. Llevo años siendo el hazmerreír de mi club de ballesteros.
La chica se abalanzó sobre él y le arrancó los ojos con las manos. Él gritaba. pero seguía vivo, escuchando las risas de su sobrina; se balanceaba entre gritos de dolor, sintiendo sus ojos caer, hundiéndose en la nieve. Susan sacó una flecha de ballesta de su mochila y. con todas sus fuerzas se la clavó en la nuez, salpicándole toda la sangre de su tío ya muerto por la cara.
Susan arrastró el cuerpo sin vida por toda la nieve, dejándolo a la vista. Y se fue. Se fue lejos, hasta que se extendió la noticia de que “El asesino de la noche polar” había actuado otra vez.
Días después, Susan lloraba su muerte entre lágrimas de placer junto a los farloperos ballesteros, que no paraban de acosarla e intentar acostarse con ella.

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Teletienda Polo Norte: Anuncios
“Miles de mujeres disfrutan ya de las maravillosas Bolas Chinas Susan: su textura de metal pulido y su interior vibrante, con un sonido delicioso que surge cuando chocan ambos, hacen de este producto un éxito inigualable. Incontables vaginas polares han dado su <Ok> a este revolucionario producto.
-Mujer 1- Creí que, después de que el asesino de la noche polar me arrebatara a mi hijo, jamás volvería a sonreír. Ya ni me planteaba volver a tener orgasmos, mi cuerpo estaba sumido en la tristeza y ningún pene conseguía hacerme disfrutar…
- Mujer 2- La verdad es que, desde que he probado este producto, no he vuelto a pensar en mi hijo muerto. Por fin puedo dormir a pierna suelta…
- Hombre 1- El Polo Norte ha sufrido una desgracia y un milagro en un período muy corto de tiempo. Si tuviera que elegir entre que ambos hubieran ocurrido, o no hubieran ocurrido, creo que me quedaría con el sí, por el bien de mi ano y mi placer, aunque ello implicara perder a mi hermano…

Susan cerraba con cadenas la puerta de su Sex-Shop, sonriendo mientras miraba hacia la caja, sabiendo que en cada día de trabajo hacía más dinero de lo que podía haber ganado de cualquier otra manera en toda su vida. Entre sus manos, el bolígrafo con el que tachaba los dibujos que unían nombres de víctimas con los nombres de sus respectivos familiares, escritos en su diario. Mucho trabajo le había costado seguir la pista de los parientes de todos los niños que mató durante tantos años, que ahora acudían desesperados y con lágrimas de emoción en los ojos a sentir, sin tener la más remota idea de lo que el producto contenía, los ojos de sus familiares muertos dentro de sus vaginas y anos, en forma de bolas chinas, con el lema: “El secreto está en el interior. Disfruten.”

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