Penúltimo viaje ( de Santi Kostra)

penultimo viaje

Toda la responsabilidad cayó sobres mis espaldas. Nada nuevo, por supuesto. Pero no había para comer, no había para ropa y no había calefacción. No quedaba más que la absurda esperanza de una vida mejor, que recaía de nuevo sobre mí. Sus delirantes ideas de borracho fueron las que nos llevaron a esta situación. Yo sólo quería ver crecer a mi hija. Y renunciaba a ello para poderla proporcionar lo necesario para que pudiera hacerlo por ella misma. Hacía mucho tiempo que él no me importaba, por mí podría estar muerto. No trabajaría más para él.
Y decidí coger ese avión. Dinero, trabajo, formación. Mil nuevas oportunidades que se abrían frente a mis ojos. Porvenir para mi niña. A lo mejor podía traerla conmigo. Quizás podría encontrar de nuevo el amor, encontrar un padre de verdad a mi hija. Uno que, aunque no tuviera su ADN, supiera cómo cuidarla. Alguien que no pensara sólo en sí mismo.
Y regresaba sin nada. Ninguno de mis sueños se cumplió. Sin dinero y sin amor. Sin poder hablar su maldita lengua, quede relegada a una vida de miseria entre mierda de otros que debía limpiar. Mierda y soledad. Lo único que portaba a mi vuelta era un cáncer maligno de pulmón.
Reunir el dinero para poder averiguar que ostias me pasaba. Había retrasado mi diagnóstico lo suficiente como para que mi vuelta fuera un simple trámite hacía la muerte. El penúltimo viaje.
Los pocos cientos de euros que reuní en esos cinco años de frío, trabajo extenuante y vino, quedaron en la consulta de ese médico y en la ventanilla de la compañía aérea que me llevaba
de nuevo a casa.
En el avión me asaltaron mil pensamientos a la cabeza. Cómo decírselo. Aunque no sabía si ella me recordaría. Realmente la había criado la nueva novia de su padre. La que había metido en la casa, que herede de mis padres, un mes después de marcharme. Siempre necesito alguien a su lado. Y la niña era demasiado pequeña como para lavarle los calzoncillos. Maldito imbécil.
Despegamos, y mi cabeza seguía absorta en estos pensamientos. Sólo se apartaron en el momento que explotó el primer motor. Empezaron los gritos, que se convirtieron en alaridos tras la segunda explosión. Entonces, salió mi risa. Una grandísima carcajada producida por la sensación de libertad que recorrió todo mi cuerpo. Por fin ganaba yo. Vencí al cáncer.

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