Persiguiendo quimeras ( de Aetka )

Persiguiendo quimerasEra propenso a enamorarse de piezas de ajedrez, pero no jugaba demasiado bien y un miserable peón lo ponía en jaque. ¡Qué pena de chaval! Le gustaba perseguir quimeras, sobre todo al amanecer. Le habían dicho que era la hora propicia, la hora en la que las quimeras eran más proclives al encuentro. La verdad era que nunca quería dormir solo. Le aterraba quedarse a solas con sus sábanas. Había compartido demasiadas pesadillas con ellas. Y a veces confundía el día con la noche. Era propenso a demasiadas veleidades. Era propenso a la confusión. Confundía el querer con el poder. De quereres siempre andaba exiguo y de poderes… la verdad era que podía bien poquitas cosas. Pero podía enfadarse con Dios. Eso se le daba bien desde pequeño. Tuvo el primer desencuentro con el Supremo Hacedor cuando aún frecuentaba las liturgias de los católicos. Su primer desengaño fue al descubrir que no todos los gatos caen siempre sobre sus cuatro patas. Lo descubrió el día que encontró a su gato despanzurrado en los adoquines de su calle. Se había roto el espinazo al caer desde un tercer piso. No daba crédito. ¿Por qué el único gato que no sabía caer sobre sus cuatro patas era el suyo? Desde entonces empezó a llevarse mal con Dios. Contaba con pocas virtudes y muchos defectos, y entre ellos estaba el rencor. Era demasiado rencoroso para volver a pisar una iglesia. Y desde entonces Dios empezó a llevarse mal con él. Todos sabemos lo rencoroso que puede llegar a ser el Dios de los católicos, con sus plagas y su deseo de aniquilar hijos ajenos. Bueno, si de aniquilar hijos se trata, hasta el suyo propio dejó a los pies de los caballos. También pudiera haber sido obra del Diablo, pero él ni siquiera se lo planteó. Entre sus muchos defectos, la soberbia ocupaba un destacado lugar.

Aquella noche andaba solo, como tantas. Y nunca sabía si esa circunstancia se daba por vocación u obligación. No se le daban bien las relaciones sociales. Él, que tan mal jugaba al ajedrez, achacaba a los otros sus propias carencias, sus propios defectos. Y como de esto andaba bastante sobrado, raras veces le era placentera la compañía ajena. Excepto la de las quimeras. Pero estas lo que era placer tampoco le daban mucho; disgustos, sí, por supuesto. Llevaba rato inmerso en sus elucubraciones. Su padre antes de morir (había caído desde un andamio de tres cuerpos y como el gato tampoco supo caer de pie) le había contado que había dos clases de mujeres: las que besan y no consuman; y las que consuman y no besan. Pero no te equivoques, hijo… todas son igual de caras. Esto y la capacidad de aguantar estoicamente los golpes los sábados por la noche eran lo único que había aprendido de él. Cuando llegaba borracho sabía que, hombre de poco aguante físico como era, cuantos más golpes recibiera él, menos se llevaría su madre. Su padre era de esos hombres achicados que acostumbraba a hacerse fuerte en casa. Allí era un macho; fuera, un mierda. Cuando su madre se enteró del óbito, dos cosas se le pasaron por la cabeza: un ¡por fin!, y la necesidad de hacerle una novena. Cuando llegaron los papeles del seguro y la compañía se negó a cualquier clase de indemnización -puesto que el estado de embriaguez del fallecido les exoneraba de cualquier tipo de responsabilidad-, decidió obviar el tema de la novena.

-“Que se pudra en el infierno, ni pa´morir ha valido”.- la oyó mascullar, mientras el sonido sordo de la tierra golpeaba sobre el féretro. Desde aquel sábado no tuvo que volver a ocultar cardenales. Ante tan exiguo legado paterno a veces le atormentaba una duda. Había oído que “hijo de maltratador, padre de maltratado”. Eso lo corroía. En el remoto supuesto de que algún día pudiera tener descendencia, un escalofrío recorría su médula espinal al pensar que su hijo también tendría que ocultar cardenales. Decidió ir a buscar cariño de mentira, de ese de 20 pavos, de ese que no se tornara indeleble, de ese que las únicas criaturas que le proporcionarían para hacerle daño serían ladillas. Y a esas no les preocupaba el daño que pudiera hacerles. Quizás su padre comenzó así, aplastando ladillas antes de conocer a su madre, para acabar aplastándolo a él los sábados por la noche. Aquella noche andaba solo y quería cariño de mentira. Se fue a los arrabales.

Con las meretrices se encontraba cómodo. Entendía la transacción y nunca había cometido la estupidez de enamorarse de una. No como su amigo. Porque algún amigo habría de tener también. Su amigo, proclive al enamoramiento en exceso, se encaprichó de una rumana y la sacó del club. La verdad es que era rumana, pero no lo parecía. Sabía sonreír. Había entrado con ella varias veces sin que lo supiese su amigo, claro. En su estado, ese estado de idiotez profunda que embarga a los enamorados, no se lo habría tomado demasiado bien. Al fin y al cabo puta era y en la cama no parecía rumana. Las putas del este habían reventado el mercado. ¿Dónde quedaron aquellas nigerianas a las que podías introducir el dedo en su sexo al lado de la barra mientras te decían que eran jamaicanas? El bicho campaba a sus anchas por África y a nadie le gustaban las infectadas. Aun así, y a pesar de su olor a cuero, las prefería a las del este. Su amigo se enamoró y la llevó a su casa. Al principio todo iba bien, excepto por el miedo a las represalias de los dueños del club. A nadie le gusta que le quiten una mujer, y menos aún cuando la mujer era de las que más facturaba. Paseaba de la mano con ella y la colmaba de presentes. Todo fue bien hasta que se trajo a sus hijos de Bucarest, con ellos aparecieron los problemas. No porque los niños fuesen conflictivos en exceso, sino por el séquito que los acompañó. Cuando se quiso dar cuenta tenía a la madre, a los niños y a tres hermanos en su casa. Por cierto, su estado le impedía ver que uno de los hermanos se arrimaba a ella con cierta predisposición al incesto. Solo se dio cuenta el día que encontró su piso vacío, bueno, vacío del todo no. Aún estaban los tres hermanos con el trajín del desvalijo, y no pudieron menos que mandarlo al hospital de una tremenda paliza, extraña forma de agradecer la hospitalidad. Al fin y al cabo, puta era y de una puta qué vas a esperar… putadas.
Eso a él nunca le ocurriría. Era una transacción que entendía. Hasta aquella noche. Llegó a los arrabales cuando la noche era más noche, cuando los callejones son más callejones y las putas son mas putas; princesas de reinos inciertos, de lo sórdido y obsceno. Empezaron a aparecer ante él en sus puntos, en sus esquinas y en sus farolas; estratégicamente repartidas. Animales de costumbres, territoriales con la obscena intención de arañar tu cartera o tu cara si la cosa se ponía fea. En ese momento recordó un anuncio de televisión en el que caían ángeles del cielo. Sintió la imperiosa necesidad de una legión, no ya de ángeles, sino de arcángeles, para librar la batalla final con la horda de furiosos demonios que habitan dentro… no pudo menos que tocarse la entrepierna y notar una incipiente erección. -Nota: comprar el desodorante del anuncio (parece que funciona) y reducir el consumo de anfetaminas, se me empieza a ir un poco la olla-. En esas estaba cuando la vio. Joder, un arcángel de cuerpo andrógino como recién caído de los cielos, exacto, como los del anuncio y cuando sonreía…parecía desafiar a los cielos y al infierno. Bajo la luz mortecina de la farola, vestía como visten las putas, pero ella parecía la más señora de todas las putas y la más puta de todas las señoras… -Nota: dejar de escuchar a Sabina-. La erección iba en aumento y aún ni siquiera había tratado el tema del precio. Entonces se percató de su error. Pensó… «pareces nuevo, a quién se le ocurre… ir de putas y no haber desahogado antes». Todo putero que se precie sabe que antes de recurrir al cariño de mentira, ha de abandonarse a una buena sesión onanista para aprovechar al máximo los 20 pavos de rigor. En fin, ya era tarde y el arcángel lo llamaba. Mira que te lo dijeron… ni amor, ni rosas, que las carga el diablo. Pero aquella noche sería diferente. Su cuerpo andrógino, sus labios carnosos diseñados para comer polla y el hecho de que le dijera… “por 40, te dejo que me la metas por todos los lados”, lo convencieron ipso facto. No era menester entrar en regateos que dilataran lo inevitable. Vaya, parecía que aquella noche estaba incumpliendo demasiadas normas. Esas normas que le conferían cierto grado de inmunidad ante los peligros que acechan en la noche oscura. Se dio cuenta de que estaba perdido en el momento en el que aceptó el precio sin la lucha previa de cifras. Polla dura no cree en Dios. Hay juegos que dan hambre y hambres que nunca se sacian. Sintió el hambre voraz de 100 años de abstinencia, ese hambre que todo lo consume, ese hambre que hace cambiar un imperio por un plato de lentejas. Él de imperio carecía, pero a bien seguro que las lentejas las hallaría allá donde acabaran las piernas del arcángel… Vive Dios, que arrebañaría con labios y lengua todo manjar que servido en aquel plato viera. Cogió su mano y la llevo allí donde los callejones son más callejones. Donde los efluvios del ácido úrico convergen en aroma de fragrante delito; el reino obsceno de fragante lujuria. Cogió su culo y ella cogió su dinero. ¿Qué hacía un ángel como aquel en el tumulto del infierno? Cuarenta euros costó el viaje. Y viajaría hasta allí donde el sentido se convierte en carne y la flor de la lujuria viste ropa barata. La arrastró al fondo del callejón, la apoyó sobre un muro de ladrillos e introdujo su dedo en su sexo. Llevaba unos pantalones vaqueros lo suficientemente cortos para que pudiera realizar tan lúdica y excitante actividad sin demasiado engorro. La besó por el cuello, recorrió con sus manos su cintura y la atrajo con fuerza hacia sí, para que ella sintiese todo su poder en forma de falo erecto. Entonces ocurrió, buscó su boca entreabierta y ella la abrió para recibir su lengua, mientras las manos impetuosas por debajo de la blusa manoseaban sus pequeños pechos. A escasos metros alguien había dejado un estratégico montón de cartones. Ni corto ni perezoso, tumbó a la puta sobre ellos, cuando esta empezaba a jadear. De repente, los jadeos se tornaron en gruñidos, en gruñidos más propios de una garganta de cazallera, que de una puta del este. Sí, era rumana. Los gruñidos aumentaron y el montón de cartones empezó a convulsionar. «Joder, arcángel, puta o demonio, hasta el suelo tiembla bajo nuestros pies, esto no puede ser cierto».- pensó cuando de repente una mano áspera le cogió el tobillo de la pierna derecha. «Se abrieron las puertas del infierno y vienen a llevarme…»

Una voz dura disipó sus pensamientos y oyó un grito cargado de furia:

-“Hijos de puta, ¿no tenéis otro sitio donde ir a follar, asquerosos?”. La voz provenía de un mendigo que, casualidades de la vida, habitaba bajo el estratégico montón de cartones. ¿Quién iba a pensar que aquel fétido callejón podía ser el hogar de alguien? El mendigo se incorporó. Era corpulento y sus movimientos delataban que la noche anterior no solo había bebido agua. Todavía la tenía viva. Nuestro héroe, una vez vencido el sobresalto inicial, lo empujó con fuerza hacia el exterior del callejón. “Vete de aquí, montón de mierda, o te arranco la cabeza” le dijo con la suficiente firmeza como para que el mendigo lo creyese. La verdad es que solo pensar que aquella escoria le pudiera joder el polvo que prometía ser brutal lo había encendido de veras. Además, la erección aún no había remitido lo más mínimo y su puta estaba allí, esperándole sobre los cartones. Apenas se había inmutado. Lo miraba con sus enormes ojos. Una vez se aseguró que el mendigo ya no aparecería, volvió a menesteres mucho más placenteros. Y se arrojó de nuevo sobre ella. Nada humano, ni divino, podría impedir que introdujera su polla en aquel coño que ya había sentido húmedo, caliente, ávido; hasta locuaz, pues le contó a su dedo las maravillas que luego hallaría su polla. Iban a ser los cuarenta euros mejor gastados en toda su vida. Bueno, exceptuando aquella vez que compró aquella cocaína recién llegada de un vuelo de Bogotá a un colega que hacía de mula, pero esa es otra historia no pertinente en el caso que nos ocupa.

Empezó a desnudarla sobre los cartones. Ella se dejaba con extraña docilidad. No daba crédito. En su amplia experiencia con meretrices nunca encontró una igual. Hermosa, sumisa, que besara, que disfrutara realmente con lo que estaba haciendo. Apareció ante él con el esplendor que un cuerpo hermoso tiene cuando está desnudo. Joder, era preciosa. Demasiado para ser puta. Y su coño, Dios, era un coño prieto y rasurado; y cuando acercó su boca para comérselo, se dio cuenta que olía bien… ¿a rosas? Bueno, dejémoslo en que no había rastro de ácido úrico, cosa que no se podía decir del callejón donde moraba el furibundo mendigo. Separó sus muslos con ambas manos y buscó con su lengua. Ella arqueaba la espalda mientras sentía como su pequeño clítoris se volvía duro. Cada vez que su lengua lo encontraba ella se estremecía y lanzaba un gemido, al principio tímido, pero poco a poco iba perdiendo la timidez. Al igual que su sexo, extrema humedad. Y aún no la había penetrado. Nunca se había deleitado tanto en los prolegómenos. Joder, estaban pasando muchas cosas que nunca pasaban. Se bajó los pantalones con violencia, ya no podía esperar más. Dirigió su miembro allí. Resonó una canción que no recordaba donde había escuchado. “El abismo puede ser la entrepierna de una mujer”. Agarró su culo y empujó con fuerza. Extrañamente, no tenía prisa. El hambre feroz se había convertido en ansia calmada que debía saborear. Mientras besaba sus pequeños pechos, la penetraba. Lenta, pero profunda y profusamente. Ella parecía no haberlo hecho nunca. No lo tocaba. Echaba sus manos hacia atrás y esperaba el impulso vital de cada embestida. No podía ser cierto, ella estaba disfrutando más que él. El ritmo se acelera, se acelera el pulso y ahora sí aparece esa hambre por llegar allí, al límite. Salvaje. Ya no hay tiempo para más. Empuja con más fuerza, con más vigor y se acelera. Extrañamente (¿otra extrañeza?) él aguanta más que de costumbre, y eso que olvidó entregarse a prácticas onanistas. Coge su culo por detrás y sigue empujando, cada vez más rápido. En ese momento siente como ella se va en un desgarro que sale de su garganta retumbando en el silencio del callejón. Y justo en ese momento se da cuenta. En ese momento pasan ante sí un montón de imágenes, al estilo de cuando se va a palmar y se ve la vida a cámara rápida. En ese momento piensa en su padre, en su ignominioso legado y en aquella puta, que follaba y besaba. Eso no se lo había dicho su padre. Se acordó de su amigo, aquel imbécil que se enamoró de la rumana. Se acordó de que habían obviado el tema del condón y recordó su talento, el que lo inmunizaba del enamoramiento de las meretrices. Había roto demasiadas reglas y en ese momento se dio cuenta. Apareció claro ante sí. Lo estaba haciendo con una quimera. En ese momento se descubrió así mismo encima de una quimera. Sacó sus manos del culo, que por otra parte vaya culito, duro y respingón. Una delicia, vaya. Sabía que se iba a correr, llegaban los espasmos finales. Rodeó el cuello de la quimera con fuerza y apretó. Con cada impulso apretaba con más fuerza. Ella al principio creyó que era un juego, pero cuando le faltó el aire, intentó zafarse inútilmente. Ya era demasiado tarde. No habría fuerza humana, ni divina, que pudiesen separar aquellas manos de su cuello. Ni su polla de aquel coño. Apretó y la cara de ella se desfiguró mientras seguía penetrándola cada vez con más fuerza, cada vez más rápido. Hasta que al final, sucedió lo inevitable. Ella dejó de luchar y quedó inerte; él se corrió dentro de ella. Tanto fue el esfuerzo y tan brutal el orgasmo, que cayó desplomado sobre ella. Estaba agotado, se sentía poderoso y un océano de endorfinas inundó su cerebro. Joder, ahora sí. Los 40 pavos mejor invertidos en su catastrófica vida. Coño, los 40 pavos. Se levantó, miró a su alrededor y empezó a registrar el bolso de…bueno, ahora ya de quimera tenía poco…de arcángel, tampoco le quedaba mucho…se acordó del anuncio otra vez y pensó: «este ángel aterrizó mal…» Ahora le recordaba a una muñeca rota, abandonada al capricho de un niño insolente. Él era el niño insolente que la había roto. Se sentía bien, recuperó sus 40 pavos y encendió un cigarro. Ocultó el cuerpo debajo de los cartones, y mientras abandonaba el callejón sin el más mínimo atisbo de culpabilidad, pensó:

- «No vuelvo de putas sin haberme masturbado antes».

Post data: Buscar al mendigo y ocuparme de él.

Deja un comentario