Preludio de un asesinato ( de Alba Gónzalez )

  Amanecía temprano por las mañanas y salía a sacar al perro. Daba un paseo por los alrededores, fumaba un cigarro y volvía a casa. Me encerraba hasta el anochecer y después salía tomar unas cervezas al bar de al lado. Esa era, mi dura y triste vida. Llena de absurdas lagunas y aburridas tardes. Todo me mosqueaba, todo me molestaba. Me gustaba salir a la calle, pero ya, prácticamente no lo hacía. Empezé a engordar y mis ojeras se hicieron crónicas. Cada día era igual al anterior y al siguiente y al de hace dos semanas. Mi vida, no tenía el mínimo sentido. Era un auténtico parásito, un hongo, una basura social. Me dolía el cuerpo de no hacer nada. Me dolía el alma de no sentir nada. De vez en cuando, sobretodo si el día se hacía pesado, me metía en la cama a las siete de la tarde y no amanecía hasta el mediodía. Antes me gustaba leer, deboraba los libros como si de un filete se tratase. Pero ahora, ni las borracheras alegraban mis tristes días. Recordaba a bukowski cuando me sentía así de perplejo al visualizarme a mi mismo desde un punto de vista exterior. “No era mi día. Ni mi semana, ni mi mes, ni mi año. Ni mi vida. ¡Maldita sea!”. Asíque decidí suicidarme.

  Ya no aportaba nada a nadie, ni siquiera a mi mismo. La vida se me hacía larga y pesada. Hacía años que no besaba a una mujer, lo más caliente que me había sucedido esta última década, era el calorcillo que sentía cuando recogía con una bolsa la mierda de mi perro. Ya no me masturbaba, ¿para qué? ya no veía porno ni me sentaba a ver la tele. No servía ni para eso. Era aburrido, gordo y monstruosamente vago. Como siguiese así un solo año comenzaría a limpiarme el culo con mi propia barba por no ir a comprar papel higiénico, total, yo de higiénico tenía poco, que absurdo. Tiraba la basura desde el balcón al contenedor solo por no tener que bajar las escaleras, ya me habían caído unas cuantas multas, pero me daba igual. Solo invertía dinero en comida y cerveza, asique me sobraba la malgastada herencia de mis padres. La herencia, pensé. ¿Quién se quedará con mi casa y mis cosas? realmente me daba un poco igual, pero la idea de suicidarme, comenzaba a resultar apasionante. Cogí un papel y un boli y comenzé a escribir mi testamento.


  TESTAMENTO Y CARTA DE SUICIDIO DE ANDRÉS FIGUEROA, comenzé.


  “Hola, me voy a suicidar, esta vida es una mierda” cité como frase inicial para darle un toque de suspense. ” Le dejo mi perro a la vecina de abajo, que no se como se llama, pero mi perro es amigo del suyo. La tele es para mi amigo Carlos, al que hace un par de años que no veo, su numero figura en el listín telefónico que hay pegado con imán en la nevera. Mi ropa podeis tirarla, pero enterrarme en chandal, y mi dinero a mi prima lejana Lucía, la última vez que supe de ella fue cuando ella tenía 19 años y se iba a estudiar a Boston, de eso hace 8 años, se apellida igual que yo, buscarla, pero no le deis mi dinero al banco.”


  Atentamente, Andrés Figueroa.

  ¡Interesante!, pensé tras escribir mi nombre en letra cursiva para darle un toque elegante a mi testamento. cogí un trozo de celo y pegué mi carta en la puerta del baño, al fondo del pasillo para que se viese bien.

  ¡Estoy echo todo un escritor! Me decía par mi mismo, y voy y lo descubro el día en el que me voy a suicidar. De todas formas, esto no iba a cambiar mis planes, hoy me había empeñado en que me suicidaría, y así lo haría. Seguramente de la forma más rápida que se me ocurriese. Realmente era muy asustadizo, pero la idea de un suicidio, me parecía interesante. Iba a salir en los periódicos, en la tele, ¡que narices! Iba a ser como una de esas estrellas del rock que llegan a la cumbre y mueren de sobredosis o se suicidan.
 

  Sobredosis… pensé. Había suficientes pastillas en mi baño como para matar a una veintena de rinocerontes. Mi abuela me dejó como propietario de esta casa cuando murio, y yo, no me había molestado ni en sacar todos esos botecitos con etiquetas raras escritas con letra de médico. Asique fui al baño y las inspeccioné. No entendía nada de nada, esa asquerosa letra que solo los farmaceúticos entendían y los matasanos hacían para darse un toque interesante cuando escribian recetas. Normal que la carrera de medicina durase tanto, seguramente un año era dedicado solo a la absurda caligrafía.

  Sin más preámbulos saqué una pastilla de cada bote y  me las guardé en el bolsillo, según iba trasncurriendo la tarde me las iba comiendo como si fuesen caramelos, pero solo sentía cansancio, desolación, tristeza, alegría, aveces me ponía como una moto e incluso llegué a empalmarme al confundir las pastillas de mi abuela con un bote de viagra de mi abuelo. ¡Como follaba ese hombre! Hasta morir, nunca mejor dicho. Recuerdo aún la noche en la que mi abuela nos despertó gritando porque mi abuelo se le había muerto encima mientras follaban. Me resultaba bastante cómico. Las pastillas no hacían efecto asique decidí bajar a la farmacia.
  

  -Hola buenas, deme lo más fuerte que tenga que quiero asesinarme. Dije.
 

  -¿Asesinar?
 

  El farmaceutico echó una mirada furtiva hacia su compañera que se dirigió a la trastienda y llamo a la policía. Yo mientras tanto, conversaba con el dependiente.
 

  -¿No tiene algo que haga un efecto así como de sueño para después morirte tranquilo? Pregunté sin parecerme para nada raro lo que decía, total, era yo el que me iba a morir y ya lo tenía asimilado.

  La policía apareció tras de mi y me tiro contra el suelo, me esposaron y me metieron en un furgón. Por intento de asesinato dicen. Claro, tanto tiempo sin salir ni hablar con nadie, que en vez de decir suicidarme, dije asesinarme. Y ahora, sin pruebas ni nada, aquí estoy, en el calabozo. Mi vida ha vuelto a comenzar, mis amigos son asesinos en serie, violadores y todo tipo de maleantes, me dedico a recopilar sus azañas y a escribir un libro con ellas. Mi vida, ha vuelto a cobrar sentido.

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