Que no estoy muerta, que solo te estoy esperando ( de Jéssica Pancorbo)

Resucitar muertosHace tiempo decidí, supongo que por propia voluntad, convertirme en lo que soy.

Vagaba por el mundo, al que no entendía, ni pretendia entender.

No deseaba vivir.

Intentaba que las horas pasasen más rápido, para ver sentada en un banco cómo las hojas de los árboles caían, una tras otra del cielo, cubrían el paseo y se volvían oscuras hasta que el viento se las terminaba llevando. Esas hojas eran toda mi vida. Mi vida era una espera a la muerte.

Porque no sabia vivir sin ella. No sabia vivir sin su olor, sin la sonrisa que me dedicaba cuando despertaba por la mañana.

No podía vivir sin su manera de pronunciar mi nombre. No queria vivir sin su sombra, sin su mirada, ni sin dormirme cada noche, rescostada en su pecho, escuchando, simplemente los latidos de su corazón, que alimentaban el mio.

Solo ella sabía desgarrar mi alma mientras me atropellaba con algún silencio casual, que disimulaba con su mirada.

Tumbada en la cama, bajo la larga cabellera morena mientras abrazando la almohada intentaba recordar cómo el brillo de su pupila iluminaba mi rostro. Y cómo, de repente, nos vimos separadas por el grosor de alguna habitación de hospital.

Recuérdame que te odie, a veces, porque a veces se me olvida. Porque te presentaste y te desvaneciste como un soplo de aire frío. Repíteme lo desgraciada que me haces sentir ahora que no estás, y déjame golpear con mis puños alguna pared, mientras mis lágrimas, que ya son pateras, nuevamente caen rompiendo mi alma en mil pedazos, que dibujan tu nombre.

Rezo a algún dios al que no creo, pero al que nunca olvido.

Que no estoy muerta, que sólo te estoy esperando, día tras día, noche tras noche.

Cuando me atormento por pensar que la maté de amarla tanto. Recordando cómo su rostro se fue tornando más y más pálido, unos labios que perdían su rosado natural y sus ojos, que tanto me habían querido, ya no tenían fuerzas para hacerlo.

La impotencia de verla, para mi pena, tumbada en un lecho que la ataba con una fuerza que la impedía pronunciar mi nombre, ni tan siquiera respirar. Ni siquiera le dejaba mirarme con cariño, porque se lo habían llevado algunos vestidos de blanco.

Ahora nuestro amor se apagaba a ritmo de cuentagotas, que guardaba nuestras últimas esperanzas, nuestros últimos lloros, y mis últimos susurros.

“Ahora eres hija del resplandor de la luna, pendiente del caer del sol, para salir, alimentarte, y así poder vivir tu vida como tú desearías vivirla. Aún así, recuerda que la vida no cambiará, si no en tu mente. Que tu vida será real únicamente para ti”.

En unos segundos, ella desapareció, dejándome sólo con aquella nueva especie a la que ya pertenecía. Durante las siguientes horas, sentí como me volvía más poderosa, como todos los obstáculos que antes parecían hundirme podían resolverse con mis nuevas perspectivas, aquellas facultades renovadas.

Aquella forma de poder duraba unas cuatro horas, desde que me alimentaba hasta que deslumbraba más débil. Así, cada noche debía intentar que mi ser no dejase de recibir aquel nuevo aliento, para seguir con el éxtasis que me provocaba cada ingesta, y no caer así en el olvidoal que ya estaba acostumbrada.

Paso el tiempo, y rememoré tiempos pasados, cuando estaba viva, cuando amaba y era amada. Con el paso de los meses, aprendí a vivir todas las experiencias que deseaba vivir. Viajé, conocí a personas parecidas o iguales a mí. Todos ellos tenían una historia que les había hecho caer en la oscuridad en la que nuestra vida se veía sumergida. Todos, por alguna razón u otra habíamos dejado nuestra alma guardada en un cajón, y habíamos abandonado una vida al que no podíamos o no queriamos pertenecer. Éramos el hueco oscuro que dejaba la luna entre cada unos de sus rayos, y no queríamos salir de ese cobijo que nos brindaba.

Decidí que había llegado la hora de volver a vivir. Había aprendido a provocar las situaciones que me merecía y deseaba vivir.. Sólo debia quererlo. Mi creadora tenía razón, ya no me hacía falta soñar con otra vida pararela.

Ahora era yo quién elegía como vivir todos los resquicios de mi existencia. y el único resquicio que quedaba por resucitar era el trozo que guadaba debajo del pecho que ocupaba la ausencia de mi amada.

Y la reviví. Lo deseé con tantas ganas que, al abrir los ojos ya estaba de pie, esperándome. Entonces le dí las gracias a aquella mujer de piel fina y labios rotos, por haberla resucitado, por haberme resucitado también a mí.

He vuelto a aprender a amar, con mi vida de la mano y mi querida de la otra. La amo cada día más, mientras el azulado brillo de la luna nos brinda el tiempo para mirarnos, y me despido de ella cuando el astro mayor se anuncia con el alba.

Le doy las gracias cada dia por volver, y ella, callada siempre, me dedica las miradas de amor que necesito. Paseamos cada noche por el paseo que escuchó mis lamentos, nos sentamos en los bancos que siguen mojados por las pateras de mis lágrimas, y nos damos cariño en todas las esquinas en las que gritaba su nombre al vacío.

Ahora nosotros somos el viento que empuja a las hojas secas del paseo.

Aquellas hojas que fueron mi vida. Pero ya no era tiempo para lloros, volvía a estar con ella. Ahora estoy feliz, ahora vuelvo a estar viva.

Pero dejadme un minuto…

Necesito buscar la cucharilla. Necesito calentar un trozo de mi vida en ella, e inyectármela, para que mi sueño pueda seguir siendo eso, un sueño.

No me intentéis despertar, no lo conseguiréis. No os dejaré hacerlo. Dejadme con mi vida, que aunque irreal, es lo mejor que me pasó desde que nací.

Deja un comentario