Salvavidas ( de Rodrigo Ratero)

Salvavidas

Regresé del norte huyendo de las intensas lluvias y el horrible graznido de las gaviotas, unos días de vuelta a Madrid, mi ciudad natal, en busca de no sé qué. Una vez allí me instalé por unos días en mi barrio, Lavapiés. Tenía mucha gente que ver y visitar, pero aunque sean buenos colegas, la gente me estresa, por lo tanto era ardua tarea sacarme del barrio, quien quiera verme que venga, pensé, egoísta, pero sincero aún así, al fin y al cabo la mayoría de la gente, ni si quiera los colegas, ni si quiera yo, ni siquiera nadie, merece la pena. Fui a las escaleras a beber un litro y ver pasar gente. Uno de mis entretenimientos más absurdos y que más me llenan. Mi vida iba rumbo a pique,y yo como siempre trataba de ignorarlo. En el norte todo se había jodido, por eso vine, se que Madrid no es la solución, para mí nunca lo ha sido, es la perdición, es un amor-odio, un sentimiento que separa una delgada línea de caballo. Vino a verme un punkito muy majete que conocía de Vallecas con el que me llevaba muy bien y hacía año y medio que no semaba, y no se si sus anfetas, su birra o ambas cosas me noquearon lo suficiente para sacarme de Lavapiés, tan sólo a veinte minutos en metro no os creáis, pero para mi era un mundo, como separar a un perro maltratado de su nuevo y cariñoso amo o soltarle la mano en el hospital a tu abuela moribunda en sus últimos minutos. Pero he de reconocer que mereció la pena. Que le jodan a los chuchos y a los moribundos, que suerte tenéis cabrones. Íbamos a una okupa en la zona norte de Madrid. Al salir del metro caminamos hasta una plaza llena de peña, punkitas, yonquis, raperos, ancianos mirando lo que ellos hacían… Y ella. Me fijé en ella enseguida, portaba una guitarra y eso ya me llamó la atención, bueno y su físico, no lo voy a negar. Iba demasiado borracho, mi memoria es tan escasa como el agua de un poblado Congoleño perdido de la mano de dios, no recuerdo como empezamos hablar, pero se que todo fue desencadenado por una canción “Que desilusión” de los Leño, para mi una especie de banda sonora de mi vida, que siempre ha estado hay y siempre estará. Nos presentamos y comenzamos hablar de música. Nuestro gusto por el rock, las pelis de terror, el black metal, el death metal, los cementerios, lo enfermizo, hizo que nuestra conversación se alejará de todos los demás, como si todos ellos fueran a toda hostia y el tiempo se hubiera parado para nosotros. Me fijé en sus brazos, había cicatrices de cortes, eso no me preocupó, al contrario, me fascinó, después de todo mi cuerpo también estaba lleno de cicatrices, creo que morir sin cicatrices es indignante… Ella aparte de guapa, era inteligente, decidida, acojonante. Ella tenía cultura, estilo con la guitarra y cantaba que te cagas, yo tenía dudas, deudas y ese pestazo de borracho en el aliento. No se porque se fijo en mi, aún no lo sé y creo con certeza que nunca lo sabré. Pero lo hizo. Lo pasamos de puta madre, tan sólo a los quince minutos de conocerla le pedí matrimonio, una forma absurda de demostrarle lo mucho que me había gustado, ella sonrió y me dijo que no podía. No importa tu quédate conmigo. Quedamos para unos días después, esta vez en mi barrio para vernos y comernos un tripi, hubiese ido a Faluya con tal de estar con ella si se hubiese dado el caso, pero Lavapiés quedaba más cerca. El día que quedamos me cambió la vida, no me separé más ella ni ella de mi. La conexión era tan cojonuda que sentía me había tocado la lotería o era el siguiente en la lista para un trasplante de riñón. Verle cantar para mi era como estar en el cielo dentro de este jodido infierno. Es tan ingrato estar rodeado de gilipollas. Pero ella era diferente, era especial. De repente todas mis desavenencias sufridas en el norte desparecieron de un plumazo, como un cadáver anónimo enterrado en el bosque cubierto de cal viva. Finalmente no comimos ningún tripi, nos comimos el uno al otro con el ansia de un yonqui llegando al poblado con el mono y cincuenta pavos de un palo guapo en el bolsillo. No era sexo, que también lo era, era una especie de salvavidas donde agarrarme en un mar embravecido y oscuro en el que nunca había sabido mantenerme a flote. Huimos de Madrid, recorrimos muchos sitios con tan sólo la guitarra y una mochila en la espalda. Conocimos a gente, odiamos a gente, alucinamos con unos y peleamos con otros, siempre juntos. Al final del verano volvimos de nuevo a Madrid y okupamos una casa, el resto está por escribir, todo huele a mierda, el mundo se desmorona y sinceramente me importa una mierda que todo reviente, ya sea mi hígado, el país o este puto planeta si estoy junto a ella.

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