Solo ( de Pepe Moya – “Kante Pinrelico” )

Explosión de bomba en una ciudad

La guerra entre pueblos era ya insostenible. Había llegado lo que nuestros mandatarios denominaron Momento Final. Todos los permisos se cancelaron hace días, estábamos preparados, solo faltaba la última orden. 
 

La curiosidad era grande, pero teníamos la consigna de abrir los sobres en pleno vuelo, a la antigua usanza, paradojas del destino, en estos tiempos de altísima tecnología; así que, sin más, me dirigí con paso firme a mi aeronave. 
 
Pocos habíamos sobrevivido, los altos mandos teníamos el futuro en nuestras manos, y este iba a ser desolador. Todos lo sabíamos, pero no imaginábamos el desenlace. Había que actuar, la confrontación era tan duradera que ya no teníamos medios, el enemigo tampoco. Ni siquiera los ingenios de la D.A.R.P.A. resultaron eficaces. La ambición humana había sobrepasado sus propios límites. Estábamos acabando con nosotros mismos. Nadie recordaba el motivo, el origen de la lucha, pero no nos importaba, ya no, el tiempo de las negociaciones quedó atrás. Y ya no quedaba nada por lo que negociar. Habíamos cambiado la fe por la indolencia. 
 
A nuestra escuadrilla la llamaban Las Águilas Muertas, Y no les faltaba razón, nuestros aparatos habían sido rescatados del Museo Aeroespacial Capitalino. Antiquísimas naves restauradas para su último vuelo. Nuestros androides mecánicos y de mantenimiento habían trabajado sin pausa para este fin. Llevábamos meses practicando en simuladores de vuelo construidos ex profeso para poder pilotar estas viejas glorias del pasado. Todo nos pareció una locura, pero ya no quedaban naves que surcaran nuestros cielos y el Alto Mando ordenó rescatar estos vetustos aviones para la misión definitiva. La última generación de Predatorsenemigos no podría alcanzar en altura a estas viejas máquinas, o eso pensábamos. La evolución de los U-2R de principios del siglo XXI se caracterizaba por tener armamento en lugar de cámaras espía. Se les había provisto de misiles, dos de ellos eran de localización pasiva por infrarrojos de todo aspecto, y los otros dos eran misiles de localización activa por láser. Estos fueron sustituidos por dos bombas nucleares gemelas de pequeño tamaño, pero de potencia destructiva inimaginable, nunca antes habían sido testadas; nuestros muchachos las bautizaron jocosamente como Las Dos Hermanas. Lo que más llamaba la atención de estos antiguos aviones era su envergadura, casi 31 metros de plano recto, algo completamente obsoleto en los tiempos que corren, pero era lo que había.
Como antaño, la orden de despegue se llevó a cabo al amanecer. Lo escrito en el sobre era lo imaginado por todos, el lugar exacto donde deberíamos soltar nuestra carga mortal. La pequeña flota de aeronaves se desplegó, cada uno a un rumbo diferente, cada uno a encontrarse con su propio destino. Podríamos desobedecer, desertar, ¡que ironía!, no habrá Consejo que nos juzgue ni lugar donde escondernos. 
 
Tracé círculos sobre mi objetivo a la espera de que mis compañeros de escuadrilla alcanzaran los suyos, esbocé una leve sonrisa al comprobar que aviones enemigos revoloteaban a miles de metros por debajo de mí en un vano intento de alcanzarme. En un acto reflejo, miré hacia arriba, pero lo único que podía observar a través del cristal de mi carlinga era la oscuridad del espacio. Un zumbido intermitente y el destello de un led verde me indicaban que había llegado el momento. Descubrí la protección de ambos interruptores y los accioné. A los pocos segundos viré sobre el plano izquierdo para tener una visión perfecta de lo que ocurría bajo mis pies, el espectáculo era tan bello como dantesco. Los hongos atómicos se erigían hacia el cielo oscureciéndolo por momentos, las hondas expansivas se entremezclaban como gotas de lluvia al caer sobre las aguas. La destrucción era total. Todo había acabado. La excitación que sentía hizo que se me empañara parte del visor de mi casco, gruesas lágrimas recorrían mis mejillas, era el fin de la misión y también de nuestras vidas. En breve lapso de tiempo saltaron todas las alarmas en mi cabina, me estaba quedando sin combustible, en pocos instantes el avión entraría en pérdida. Había llegado mi momento final, y no sé porqué, yo, allí, solo, me sentí feliz.
 
 
***
 
El calor resultaba asfixiante, la húmeda frondosidad del bosque hacía que se multiplicara esa sensación, la espesura de la vegetación filtraba unos pocos rayos de sol.
Tras varios días de camino, una llanura se abría a pocos árboles de distancia. Al llegar al borde de la pradera me detuve un momento para observar ese nuevo paisaje y quedé absorto ante tanta inmensidad, pensé que tardaría muchas jornadas en atravesarlo. El verde césped brillaba bajo el sol, una leve brisa lo mecía, algunos matorrales salpicaban de ocre ese mar de hierba. Las pieles que cubrían mi cuerpo ya no resultaban molestas al caminar, la larga y rectilínea rama que me servía de apoyo y de arma arrojadiza me ayudaba a mantener el paso. De repente me quedé paralizado, un escalofrío recorrió entero mi ser, había escuchado algo, como un quejido, presté mucha atención a mi oído esperando volver a sentir ese nuevo sonido, al poco lo volví a escuchar, esta vez con más claridad, alcé mi cabeza y divisé en el cielo un enorme reptil alado que planeaba majestuoso hacía la pradera, nunca había visto cosa igual. Antes de que el terror me impidiera cualquier movimiento, corrí hacia unas colosales rocas despeñadas de lo que habría sido una gran montaña y que tras el paso de millones de años no era más que una suave y redondeada colina. Allí, agazapado entre las descomunales piedras observé con atención aquel extraño animal volador, que volvía a emitir otro de sus desgarradores graznidos, yo estaba sobrecogido, aterrado en mi refugio natural, pero no podía apartar la mirada de aquel formidable monstruo volador. El Sol hizo que su sombra se proyectara sobre el llano, y aquella visón me resultó tan familiar como perturbadora, esa silueta sombreada sobre la verde llanura me recordó algo que no tenía explicación. La evocación de esa sombra me acompañaría el resto de mis días. El temor a aquellas alas desplegadas sería el argumento de todas mis pesadillas. Todavía escondido, me invadió una ligera sensación de alivio al ver como aquel reptil alado se alejaba, y no sé porqué, yo, allí, solo, me sentí feliz

Deja un comentario