Trankimazines ( de Manuel Sirvent )

Los calambres recorrían mi espalda. En la cabeza notaba un cosquilleo constante. Las manos me temblaban. El pulso se elevaba y descendía a su libre albedrío. Los pinchazo en la nuca se volvían insoportables. Ya no podía aguantar mas. El estado en el que me encontraba era lamentable. Salí a la calle y me puse a hacer autostop. Alguien me recogió. Le dije que me llevara a la ciudad. Fui a un hospital. Enfermeros nuevos, médicos nuevos, y hospital nuevo. Volví a contar lo mismo que a los anteriores. “ Me encuentro muy nervioso. No se por qué. A ver si me podéis dar algo para que me calme”. Y no mentía.  No podía permitirme que me cogieran, por eso lo hacia. Había visto como se llevaban a amigos para el psiquiátrico. Mi libertad estaba en juego, pero mi cuerpo también. Por eso me arriesgaba. No se complicaron. Me dieron un puñado de tranquimazines y me recomendaron que fuera a mi médico para que me pudieran tratar. Nunca lo haría. Lo había conseguido. Me puse uno debajo de la lengua. Luego volvería casa. Durante los próximos días, me aferraría a esas pastillas como si fuera lo único que pudiera mantenerme con vida. Siempre visibles, siempre a mano, siempre a punto para poder ser ingeridas. Y cuando se me acabaran… bueno… había mas hospitales.

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