Un acto de coraje ( de Manuel Sirvent )

   Llegué al semáforo y me situe en la primera fila del paso de peatones, pisando el bordillo. Allí la gente esperaba impaciente y sumisa la orden de un aparato electronico que le diera su permiso para proseguir su camino. Asi eran, grises, acomodados, con el instinto de hacerse a si mismos machacado por una conducta obediente. Los miraba. No me sentía reflejado en ninguna de las miserables personas sin ambición que me rodeaban. Yo era diferente. Un soñador, un rebelde, un tipo honesto que solo se seguía a si mismo.


   Los coches dejaron de pasar. Alguien hizo el amago de pasar pero se contuvo como perro reprendido. Yo era un buscavidas, un valiente, que no un temerario. Tenía miedo a la muerte, pero no iba a dejar que me chantajeara, para convertirme en un despreciable ser sin poder de decisión. Emprendí mi camino por el cebreado. Espalda recta, cabeza altiva y mirada desafiante hacia los siervos del semáforo de la acera de enfrente, sembraban la duda sobre la picaresca que poseían, los que tenían el honor de presenciar la escena. Un acto de coraje, y una lección de vida, que pocos olvidarían.

   Mi paseo triunfal se truncó con la aparición de un coche rezagado, que amenazaba con irrumpir, de forma inminente, en el paso de peatones, a la altura que yo me situaba. Al darme cuenta de la situación, reaccioné hábilmente, dando un paso hacia el vehículo y, saltando sobre él, convencido de que lograría pasar por encima, evitando asi el choqué contra el suchodicho. Pero el final glorioso se deshizo, al impactar mi pierna sobre una luna de cristal ke me desestabilizó, obligandome a dar vueltas por el aire, hasta golpearme de forma grotesca contra el asfalto, destrozandome varias vertebras y parte de la mejilla.

   Inmobilizado por el dolor y abrumado por la muchedumbre que se agolpaba sobre mi, solo era capaz de pensar en mi derrota, lamentarme por mi mediocridad, y sentir que quizas, mi ambición superaba con creces a mi talento.

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