Una mañana de invierno cualquiera en el centro de Madrid ( de Rodrigo Ratero )

  Esa mañana madrugué para ir a esperarla a la estación de Atocha. Tan sólo media hora antes de que llegase su tren me mando un mensaje dónde decía que se lo había pensado mejor, que no quería venir, que no era una buena idea… Salí desolado de la estación, no me encontraba bien, no quería ir a casa, no quería sentarme a pensar en toda esa mierda así que decidí pasear. Empecé subiendo por la ronda de Atocha, veía muchas gente bajar mientras yo subía, creo que a veces cuando me siento frágil me enamoro de dos de cada cinco mujeres que veo por la calle, no estoy salido, sólo me siento sólo. Me topo con un vagabundo vieja escuela, de los de barba cana y gabardina roída, le echo unos cuantos céntimos, unos cincuenta y algo todo lo que tengo exceptuando un euro que guardo para mi cerveza mañanera, e l hombre me lo agradece brindando su brick de clarete frente a mí y mascullando algo que no entiendo, su barba en la parte junto a los labios está teñida de rosa por el vino, resulta triste y gracioso. Más arriba de la ronda callejeo, topo con una imagen de Benito Peréz Galdos hecha de baldosines, me recuerda a los billetes de cuando yo era un crío, escupo sobre ella y la flema resbala lentamente por su bigote. Después llego a la plaza Santa Ana, hay una ridícula figura de Lorca con una pájaro en las manos… ¿Por que un pájaro? No lo entiendo… Sigo callejeando tratando de observarlo todo, no porque me interese, si no para no pensar en ella. En la calle Carretas bajando hacía Sol, empieza el movimiento, mucha gente, caras interesantes en las que puedes leer una vida con sólo mirarlas, otras caras inexpresivas como los maniquíes de Berskha que encuentro también a mí paso. Al llegar a sol como siempre está llena de maderos, un grupo de gente protestando por algo que esa misma tarde todo el mundo olvidará y los insoportables gritos de los “Compro oro” que me asaltan a mi paso ¿Acaso tengo pinta yo de llevar oro idiotas?. La calle Preciados tiene un gran contraste, está llena de pijos, de gente intentando vender algo y en sus laterales de mutilados pidiendo limosna. Un chica que dice ser de Greenpeace me para y me pide una ayuda para salvar las ballenas… Estando como está esta calle llena de paupérrimos y mutilados se preocupa de las ballenas, probablemente o seguro nunca haya visto ninguna, esa actitud tan ciega me ofende y le digo ¿Que han hecho las ballenas por mí? ¿Cuando fue la última vez que me invitaron a tomar una caña? Rápidamente la chica chinda de mi lado y va dar el coñazo a otro viandante. La Gran Vía de Madrid reconozco que me gusta, de pequeño soñaba con vivir allí. El cartel de “El Día De La Bestia” Los enormes y lujosos edificios, los cines, los limpiazapatos… Casi llegando a la calle Montera, junto al desaparecido Madrid Rock ahora reconvertido en una tienda de moda fashion estaban los míticos gemelos heavies, Emilio y Jose. Paré un rato con ellos, hablamos de Motorhead, de Twister Sister y de la antigua cultura Nórdica. Después me despedí bajé por la calle Montera en la parte superior a la derecha están los Travestis, travestís muy exagerados de los que ni siquiera un ciego confundirían con una mujer, con su cara excesivamente hinchada por el botox, su ropa de mercadillo y su maquillaje exacerbado. En la izquierda las demás prostitutas, jóvenes en su mayoría del este, alguna sudamericana y alguna negra, como esperando, esperando a despeñar su función. Siempre hay algún viejo verde hablando con ellas y también deambulan disimulando como el culo los putos proxenetas. De nuevo en Sol me encuentro a un punki de una okupa conocida buscándose la vida, me ofrece su litro de cerveza me siento hablar un rato con él y acuerdo con él quedar al día siguiente para pinchar la luz de su casa ya que la había perdido de nuevo, después me despido y sigo mi camino. En la plaza Tirso De Molina está la cabalgata de yonquis peleando por tranquimazines, uno de ellos vomita en el suelo tras una discusión, entro en un chino compro mi cerveza mañanera y observo al pasar como las palomas de la plaza se están comiendo los tropezones del vómito. Ya bajando hacía mi barrio Lavapiés empiezo a notar esa mezcla de olores, a meado curry y a critical, no es especialmente agradable pero me recuerda que estoy en casa. Bajo hasta la plaza por la calle Lavapiés, veo a los negros que venden hierba y aunque nunca les compro siempre me miran y me hacen señas, también me fijo en el montón de maderos que no se lo que venden pero también me miran. En la plaza se junta mucha gente diferente, allí está La Maru, rodeada de viejos borrachos, La Maru es una puta mítica de Lavapiés, debe pasar de los sesenta berejes y y seguramente de los cien kilos, tiene la cara roja de beber tanto, los mayores del barrio me cuentan que de adolescentes se la chupaba en unos setos del parque o tras un contenedor tan sólo a cambio de unas caladas de porro… Me fijo que algunos negros suelen tener novias de aquí y generalmente suelen ser gordas, muy gordas, esto siempre me ha llamado la atención, ¿Es por que esas gordas tienen algún típico prejuicio español y creen que sólo aspiran a un negro pobre indocumentado? O Acaso son los negros los que están fascinados por chicas blancas gordas, quizá vengan de países dónde pasaron hambre y para ellos no hay mayor opulencia que una excesiva nutrición… En fin. Son dudas idiotas que te planteas en vez de pensar en lo que realmente te preocupa. De repente me llega un mensaje de ella, me dice que no es por mí, que me quiere, pero que odia esta ciudad, me pide que vuelva. Lo pienso un instante y decido que si tengo que elegir: Me quedo con Madrid.

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