Una película mala francesa ( de Jéssica Pancorbo)

 

Película mala francesa

Tienes 12 años y estás encerrada en un cuarto de baño, de dos por dos, mientras en el resto de la casa sólo escuchas gritos y mobiliario roto. Te sientes cobarde y asustada aunque siempre te has creído valiente y fuerte. Acabas de terminar de arreglarte el maldito recogido para el recital de piano pero coges unas tijeras y en varios cortes acabas con él. Después sigues cortando. No lo entiendes pero estás definiendo un dolor al que tu cabeza no sabe poner nombre.

Ese día, además, recibes unos cuantas ostias, por estropear tu precioso pelo, por dañar tu supuesto hermoso vestido de cerezas, por estropear tu precioso día con tu hermosa familia.

Con siete años viste por primera vez a tu madre tirada en el suelo patada tras patada destrozando su estómago, la sangre a borbotones regando su boca. Desde entonces sabes cuándo callar y cuándo hablar. Cuando tener la cama hecha o la habitación recogida. Fuiste la niña más buena, la más callada y siempre sabías cuándo sonreír para que nadie pensara que algo iba mal.

Con 12 años supiste de otra forma de vida o de no vida, el suicidio, que te daba miedo pero que te llamaba la atención. Pero era una buena salida si nadie iba a rescatarte. Nada fue bonito desde entonces, los años transcurrieron en una maraña de besos, alcohol y sexo, alguna droga blanda y alguna ostia de nuevo por dejar de ser la niña buena.

Todo se sucedió en un equilibrio inestable hasta los 17 años. Entonces un lavado de estómago, beber a diario y algunos puntos de sutura te despertaron en una cama de hospital. Antes ya habías visitado a una psicóloga inepta que te trató una depresión inexistente, una zorra mal nacida que no te hizo caso alguno y contaba las horas de consulta. Ahora volvían con la depresión, con la ansiedad. Fármacos que no saciaban tu sed de muerte.

Entre tanto, en un bar tras las clases, sola, bebiste hasta que el camarero en un intento de abusar de ti acaba desangrado entre billetes de 50 euros. Poético pensar en el homenaje que vas a darte a costa de este imbécil inocente. Recoges los billetes, la caja y las mejores botellas, pero dejas propina, como agradecimiento.

Por fin llegó el tratamiento adecuado. El diagnóstico adecuado. No pararon, de golpe los cortes ni sentirte fuera de tu cuerpo como si todo formara parte de una película mala francesa. Pero ahora tienes la esperanza de que en algún momento todo pasará. Ya no rompes platos, ya no gritas a destiempo. Ahora todo está en tu cabeza, pero si pudiste con aquello con esto también.

 

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