Veinte céntimos ( de Rodrigo Ratero )

  Dos arcadas después por fin vomito todo ese vino tibio sobre el cartón de la caja de una lavadora en el que descansaba. Se limpió las acidas comisuras se secó las lagrimas y por unos instantes se pregunto que coño eran todos esos tropezones que había en su vómito, hacía un par de días que no comía…
-Quizá sean trozos de hígado- pensó

  La mañana era fría y en la calle había comenzado el movimiento. Su estomago, en realidad todas sus tripas protestaban, si no fuese por el trajín de la mañana madrileña quizá las escuchasen de una punta de la calle a otra. Recogió los cartones y se fue con su vieja y oxidada lata a pedir algo de calderilla para comprar más vino. El sonido que producía unos cuantos céntimos en la lata junto a su tembleque alcohólico era su mejor reclamo, pero eran tiempos de crisis para todos y en la calle se notaba más que en ningún sitio. Después de media mañana ni si quiera había sacado para un triste cartón de vino, el tembleque de su cuerpo, el ansia y el dolor de cabeza iba en crescendo. Decidió ir al supermercado, al entrar todo el mundo lo miraba, su ropa estaba raída, su larga y cana barba apestaba a tristeza, vino barato y vomito mañanero. Se colocó delante del estante donde estaban lo cartones de vino, miraba unos cuantos céntimos en su mano y luego los cartones, volvía a mirar los céntimos y de nuevo los cartones, le faltaban veinte céntimos. Permaneció delante del estante en silencio durante un buen rato. Y finalmente se acercó a una señora que paso por allí.

-Perdone señora…- dijo
  La señora se echó a un lado y apretó el paso hasta desaparecer en la sección de los cosméticos. El se dio cuenta que era a la primera persona a la que hablaba en días y visto el resultado no le extraño. Probó igual con tres personas pero nadie le escucho, ni siquiera le dio tiempo a decirles que sólo necesitaba veinte céntimos. Cogió el cartón de vino y se dirigió a la caja registradora, al llegar su turno explico a la cajera que sólo le faltaban veinte céntimos y que por caridad se los perdonase, la cajera le miraba abriendo y cerrando la boca y sin decir nada, como si le hubiese pedido sexo con los restos descompuestos de algún familiar cercano. La gente tras el en la cola de la caja miraban al techo y al suelo disimulando de una forma tan vergonzosa como cagarse encima en público. El guardia de seguridad se acercó a él.
 -Pague su compra o lárguese –le dijo.
  Él se sorprendió de que le hablasen de usted, hacía mucho tiempo que no le pasaba.

 -Sólo me faltan veinte céntimos –repitió.

 -Circule o yo mismo le sacaré de aquí.

  Él se quedo quieto, como esperando algo, la cola a su espalda crecía ¿De verdad todo aquello costaba veinte céntimos?
  El guardia lo agarró de su mugrienta cazadora y lo movió de la caja con violencia y desprecio, él saco de su bolsillo un pequeña y oxidada navaja que usaba para cortar lo poco que comía y se la clavó al guardia en el cuello, inmediatamente lo soltó y se echó las manos al cuello que escupía ráfagas breves e intermitentes de sangre. Después se dirigió a la puerta del establecimiento, mientras esperaba la llegada de las autoridades sentado se bebió tranquilamente el cartón de vino ante las esquivas y prudentes miradas de los viandantes.
 

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